Crecer, desarrollarse como seres humanos tiene mucho que ver con ser libres y autónomos, es decir, con pensar y decidir las cosas por nosotros mismos, dignamente, como los seres racionales que somos, en lugar de limitarnos a obedecer órdenes o ser utilizados como marionetas por otras personas (en ese caso nos comportaríamos de forma heterónoma, que es lo contrario de ser autónomos).
Ahora bien, ¿en qué consiste
concretamente ser libres? La cultura nos da en ocasiones una visión infantil y
falsa de la libertad, según la cual ser libre consistiría en hacer lo que
queramos sin encontrar obstáculos (casi como si fuéramos omnipotentes). Además,
suele confundirla con una suerte de sensación o estado emotivo, ligado casi
siempre al placer, el juego, el viaje exótico, el consumo de ciertos objetos de
lujo, etc. Esto es muy discutible. La libertad no es una emoción (no solemos
escoger las emociones que tenemos), ni consiste en hacer simplemente lo que
quieras, a no ser que seas tú quien mande en tu querer. Y no encontrar
obstáculos tampoco es muy relevante, dado que siempre, por muy poderosos que seamos,
vamos a encontrar obstáculos y limitaciones…
¿Qué es entonces la libertad y qué
relación tiene con el saber y la filosofía?
En un primer análisis, ser libres parece
tener que ver con dos factores: (a) la posibilidad de escoger y (b) que la
elección sea autónoma, es decir, realmente nuestra. El primero siempre está
presente: no hay circunstancia, por condicionante que sea, en la que no parezca
que podamos decidir entre varias opciones. Diríamos, en este sentido, que
aunque no seamos omnipotentes, (no tenemos infinitas opciones), siempre tenemos
al menos dos. Por esto decía el filósofos Jean Paul Sartre que los humanos estamos
condenados a ser libres (es decir: que no podemos decidir no decidir, o eso parece)
… El segundo de los factores parece más problemático, pero mucho más
interesante. Decir que ser libres consiste en que la elección sea realmente
“nuestra”. Es decir, que seamos nosotros los que efectivamente elijamos lo que
nos parezca mejor (esto de “mejor” es, por cierto, lo que entronca el problema
antropológico de la libertad con el problema ético del bien, pero este asunto
lo dejamos para el siguiente capítulo).
En cuanto a la relación de la libertad
con el saber y la filosofía, esta no es difícil de establecer en principio. En
primer lugar, cuánto más conocimientos y sabiduría tengamos más capacidad
tendremos para imaginar posibilidades (cursos de acción diferentes, distintas
respuestas a un problema, etc.). Y, en segundo lugar, cuanto más “filósofos”
seamos más nos empeñaremos en la tarea de someter a reflexión crítica las ideas
en que hemos sido educados y establecer nuestros propios criterios y normas de
decisión (nuestro propio sistema de ideas y valores), y es en esto último en lo
que parece que consiste lo de “ser autónomos”.
Hasta aquí lo más fácil. Ahora, como
buenos filósofos y filósofas, hemos de poner todo esto en cuestión.
Empecemos por preguntarnos si podemos
realmente escoger entre opciones. Para ello imaginaos el siguiente ejemplo: que
curioseando en una librería de viejo encontrara de repente un extraño volumen:
una biografía, escrita por un autor anónimo, titulada justo con mi nombre. Algo
así como “Víctor Bermúdez: su vida”. Imaginaos que empezara a leerla y
observara, atónito, que describe a la perfección mi vida hasta el momento,
justo, en que entraba en esa librería de viejo, encontraba ese extraño libro y,
ante la sorpresa que me causaba, me daba un infarto y moría… ¿Es verosímil esta
historia? ¿Es posible? ¿Qué creéis que
me pasaría realmente si llegara a encontrar un libro así?... Que todo esté
escrito es una vieja idea, ¿pero cuanto tiene de racional? Pensemos. Si todo en
el universo está regido por leyes, como presume la ciencia, cada una de
nuestras acciones podría predecirse tal como se calcula el paso de un cometa.
O, como diría un teólogo: tal como prevería un dios omnisciente. Y no hay
ateísmo ni probabilismo al que agarrarse: si la libertad fuera hija del azar,
seríamos tan «libres» como… la ruleta de un casino… Una buena imagen, aunque
algo tosca, de este determinismo es el de uno de estos juegos en el que se
simula el “efecto dominó”. Así, podríamos suponer que cada una de las fichas
del juego fuera como una de nuestras acciones (y nuestra vida entera la
secuencia de caídas, ficha tras ficha, desde el principio al final). ¿Podría,
alguna de ellas, haber sucedido de otro modo de cómo sucedido en ese momento y
lugar? A esta teoría se le llama , por cierto, “determinismo”. Antiguamente se
creía más en un determinismo divino (todo lo mueven los hilos de la Parca);
pero hoy es más corriente el determinismo materialista, que dice que, puesto
que todos nuestros movimientos están regidos por leyes mecánicas, la libertad
es una ilusión fruto del desconocimiento de todas las leyes que nos determinan.
Ahora bien, si la libertad parece algo tan ilusorio ¿por qué la experimentamos tan
firme y continuamente?
Vayamos ahora a otro problema: el problema del libre albedrío. Hemos dicho
que la libertad, además de suponer una pluralidad de opciones posibles, implica
que las decisiones sean autónomas, es decir, que sean tomadas por nosotros
mismos o, por ser más preciso, por nuestra propia voluntad. Ser autónomo
consiste en decidir y actuar por nuestra propia voluntad. De hecho, es en la
voluntad donde se sitúa comúnmente la libertad (así, es común hablar de “libre
voluntad” o definir la libertad como “poder hacer nuestra voluntad”). Ahora
bien, con esto no hemos hecho más que empezar, porque: ¿por qué quiere la
voluntad lo que quiere? Incluso suponiendo que nuestra voluntad pueda imponerse
a las circunstancias externas (la influencia de otros, el entorno cultural, las
circunstancias materiales…), ¿por qué quiere --repetimos-- la voluntad lo que quiere? ¿Qué es
lo que la mueve a elegir una determinada opción? Hay personas que piensan que la
voluntad quiere lo que quiere por influjo de las emociones, es decir, que lo
que queremos hacer es lo que “nos dicta el corazón”. Ahora bien, más allá de la
fiabilidad o claridad con que “nos hable” el corazón, la cuestión más peliaguda
de resolver aquí es si las emociones son también elegibles libremente o si, por
el contrario, lo que nos “dicta” el corazón es, en efecto, una “dictadura” que
nos obliga a querer sin remedio esto o lo otro. ¿Qué creéis?... Otra hipótesis
es que lo que determina a la voluntad a querer sean determinadas ideas y
creencias (sea a través de las emociones o independientemente de ellas – o
incluso contra ellas, como cuando decidimos hacer algo que no nos gusta –).
Ahora bien, ¿según qué ideas y creencias? Se supone que aquellas que entendemos
como más apropiadas o racionales. Pero si elijo de modo racional, lo que
hago ¿no es “someterme” a las leyes inflexibles de la razón (de manera que si
estimo que A es una decisión más racional que B, no tendré “más remedio” que
querer A)? ¿Seré yo individualmente libre en este caso?... Un
última hipótesis es que la voluntad se autodetermine por sí misma, es decir,
que quiera lo que quiere por pura voluntad ciega, ya movida por algo que no llegamos a comprender (un ser divino), en cuyo caso hablaríamos de la fe (y de una
situación heterónoma, en donde difícilmente cabría hablar de libertad), o ya
por nada en concreto, por simple capricho o azar (lo cual no parece confundible
con la libertad).
¿Somos entonces realmente libres? Si lo somos, tal como la experiencia cotidiana parece indicar, no podemos entender bien cómo. Y si no lo somos, tal como el entendimiento parece corroborar, gran parte de nuestra experiencia existencial, y de las estructuras sociales e ideológicas que hemos construido a partir de ella (sistemas penales, atribución de culpa y responsabilidad, reconocimiento de méritos, dignidad humana…) es ilusoria. Vaya papeleta, ¿no?

No hay comentarios:
Publicar un comentario