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miércoles, 24 de febrero de 2016

¿Es importante la filosofía en la educación?



Aquí tenéis dos artículos fáciles de leer (especialmente, el segundo) sobre el asunto que discutíamos hoy en clase: ¿nos hace peores (más fanáticos) la falta de educación filosófica? "Filosofía y cambio político", y "Sofistas, yihadistas y filósofos"

lunes, 9 de noviembre de 2015

¿Hay una ciencia de lo bueno, lo justo y lo bello?


¿Hay algún experimento o prueba lógica que permita decidir si el aborto o la pena de muerte son o no aceptables? ¿Podríamos demostrar científicamente que la democracia es mejor que la tiranía? ¿Podría un sabio experto dictaminar que Goya es mejor artista que Picasso?... La mayoría de la gente responde a estas preguntas con un rotundo "no". En cuestiones morales, políticas o estéticas cada cual tiene su opinión, y todas son igualmente respetables. No hay nadie que sepa más que los demás (en política, por ejemplo, cada voto individual vale lo mismo). En este sentido, algunos se quejan de que en el Instituto se den clases de ética y ciudadanía, y que en ellas se razone acerca de lo bueno y lo malo ¡Esto no es un asunto público y racional -se dice- sino privado, subjetivo, relativo a las creencias de cada individuo y su familia! ¿Quién es nadie para decirnos lo que es bueno, justo o bello?...

Ahora bien. Si lo bueno o justo es según cada uno. ¿Podríamos objetar moralmente algo al que asesina o discrimina a las mujeres? (Para el que lo hace es algo bueno). ¿Podríamos tildar de injusto a un tirano? (Para el tirano su forma de gobernar es justa). Si lo bello es según el gusto de cada uno: ¿Podríamos decirle algo al director de un museo si sustituye los cuadros de Goya por los dibujos de su hijo pequeño? (A él le pueden parecer más bonitos los de su hijo). La respuesta parece ser: no. De hecho, ni siquiera podríamos discutir acerca de lo que es bueno, justo, etc. Pues si esas palabras significan algo diferente para cada persona, ¿cómo podríamos entendernos? Además, si todas las opiniones sobre lo bueno fueran igualmente respetables, ¿para qué discutir? Todo sería bueno para unas personas y malo para otras, luego todo sería bueno y malo a la vez. Contradictorio, pero cierto, ¿no?


¿Qué pensáis de todo esto? ¿Los asuntos morales, políticos y estéticos son irracionales y, por tanto, no cabe ningún saber racional sobre ellos (se los dejamos así a la religión o a las opiniones y emociones de cada cual)? ¿O por el contrario cabe una ciencia sobre tales asuntos, de forma que se pueda demostrar racionalmente lo que es bueno, justo y bello? Esto último es lo que pretende a veces la filosofía como saber "axiológico", es decir, cuando se vuelve "ética", "filosofía política", "estética filosófica"... ¿Tiene sentido esta pretensión de la filosofía?

domingo, 27 de septiembre de 2015

Evaluación y teorías de la justicia.

Siempre los mismos problemas al volver al cole. ¡Establecer criterios de evaluación! ¿Cómo? ¿Cuáles? ¿Con qué criterio de criterios?... Preguntaré a mis alumnos. Pero claro, ya me imagino la discusión: ¿cuáles son los criterios “justos”? (Hasta los que quieren sobresaliente para todos quieren, también, que eso sea lo justo). Os pregunto a vosotros. Para animar, os presento algunas alternativas, inspiradas en distintas teorías de la justicia.


1. No hay  que evaluar ni juzgar nada. O, en todo caso, lo que uno quiera, cómo y cuándo quiera. (Anarquismo).

2. Hay que evaluar lo que demanda el mercado (idiomas, tecnologías...), que será lo que se imparta en los centros (si quieres estudiar otra cosa tendrás que pagarlo). Se pondrán las notas según la competencia o mérito de cada alumno: al que más sepa o pueda se le puntuará más (Liberalismo).

3. Igual que (2), pero sumando que el alumno se ajuste a cierto modelo de virtud (que sea modesto, discreto, respetuoso con los mayores, trabajador, decente, etc. ) (Liberal-conservadurismo).

4. Más o menos igual que (2), pero dando ventajas a los que no han tenido la suerte de nacer listos, ni en buenas familias, ni en circunstancias favorables (por eso fracasan, se desmotivan, trabajan poco, etc.). (Liberalismo moderado; socialdemocracia). 


5. Hay que evaluar que el alumno sea un buen creyente y se ajuste a un modelo de virtud totalmente cerrado e indiscutible (sagrado). (Ummas o comunidades religiosas)

6. Hay que evaluar un modelo de virtud (solidaridad, compromiso social, etc.) y no lo que demande el mercado, sino aquellas competencias que sean necesarias para construir una sociedad igualitaria en la que ningún individuo sea un medio para los fines de otros. Los individuos ajustarán sus preferencias a las necesidades sociales (estudiarán lo que la sociedad necesite, no lo que quieran). Serán evaluados por su esfuerzo, su competencia, y su compromiso social, dando ventaja y ayudando a los que no hayan tenido circunstancias favorables. (Socialismo, comunismo)

7. La evaluación es fundamentalmente tarea de cada alumno que, de vez en cuando, se hace preguntas como estas: ¿qué quiero ser y hacer? ¿He logrado realizar lo que yo quiero ser (en la medida en que he podido), gracias a esta asignatura? ¿Merece la pena seguir por aquí?...  (¿?)


Quino
Para que os orientéis, diremos que los principales partidos políticos de nuestro país estarían en estas posiciones: PP (2 y 3), PSOE (4), IU y Podemos (6)... Por cierto, algo mucho más importante: ¿cuál sería vuestra opción? (No tiene por qué estar entre las que os propongo).


sábado, 14 de febrero de 2015

El significado del carnaval


La función y el significado de las fiestas es un tema apasionante, y ha sido tratado por historiadores, antropólogos, sociólogos y filósofos. El sentido de una celebración es siempre múltiple y complejo, como le ocurre a cualquier manifestación cultural. Pero me voy a ceñir a uno de esos sentidos, que tiene especial relación con lo político: la fiesta como una institución generadora de orden y conformidad. Veamos.

Las leyes políticas, y el orden social que instituyen, no sirven de nada si la gente no las obedece, esto es, si carecen de poder. El poder, en general, es la capacidad para generar conformidad. Una ley o institución política es poderosa si la gente se conforma con ella y la obedece.

El poder u obediencia a la ley parece que se genera de dos formas: por coacción externa, sea “positiva” (mediante premios o sobornos), o “negativa” (mediante castigos y amenazas), y por convicción interna. Prácticamente, ningún régimen político se mantiene únicamente por coacción (siempre hay gente que no se deja someter por la fuerza o el soborno, y los que lo hacen, lo hacen solo externamente). El método más eficaz es la convicción, por el que las personas se someten voluntariamente a las leyes y aceptan el orden que estas establecen, en cuanto las perciben como legítimas o justas.

Ahora bien, ¿cómo lograr convencer a la gente de que las leyes que han de obedecer son legítimas? También aquí hay varias maneras. Una, tal vez ideal, podría ser el diálogo argumentativo (supuesta una educación racional previa), pero este medio es raro, y cuando se da en la práctica, en la medida en que se dé, nunca va solo, sino acompañado de otro, aparentemente más efectivo, que podemos llamar, el de la “seducción” emocional. Es aquí donde cabe situar esa función generadora de orden que atribuimos a la fiesta.

En todas las culturas existe un sinfín de sinfín de ritos y ceremonias colectivas, también llamadas “fiestas”, una de cuyas funciones es justificar, de modo fundamentalmente emotivo e inconsciente, el orden social y político establecido. Tal como han mostrado autores como Georges Balandier, las fiestas legitiman el orden de dos modos: directamente (escenificando el orden vigente), e inversamente (a través de la celebración del desorden). Habría así, desde este punto de vista, dos tipos básicos de fiesta: las que conmemoran la institución de la ley y el orden; y las llamadas “fiestas de inversión” (como el carnaval) en la que se celebra, de modo ritual, la ruptura con la ley y el orden (para regenerar, de modo sumamente “astuto”, el orden que se subvierte). Profundicemos en estos dos tipos de fiesta.

Las "fiestas de institución del orden" son muy variadas. En unos casos se celebra el orden de modo positivo. Por ejemplo, en las fiestas de entronización (se celebra la llegada al trono del rey o gobernante), las conmemoraciones patrias (el día del patrón, la fiesta nacional, el día de la victoria), los desfiles militares, las celebraciones religiosas (las romerías, la semana santa), el homenaje a los héroes de la patria, los días en que se celebran ciertos valores (el día internacional de los derechos humanos, el día del trabajo...), o incluso ciertos acontecimientos deportivos masivos. En otros casos también se celebra el orden, pero, cabe decir, en "negativo". Por ejemplo, en las ejecuciones públicas (antaño eran días de fiesta), o en ciertas celebraciones en las que se escenifica el castigo al “enemigo” común o "chivo expiatorio" (el hereje, el traidor, el criminal...). Es común, por ejemplo, en estas fiestas, que se pasee por las calles a la figura que representa al “villano”, para que sea objeto de burla y castigo por todo el pueblo.
En cualquier caso, algo común a todas estas fiestas es el especial tono estético con el que se busca dotar de eficacia (de poder de "convicción") a la conmemoración festiva, que tiene siempre un formato teatral (ritual, simbólico) rígidamente preestablecido (en estas fiestas no hay sorpresas, todo está previsto). En todas ellas se escenifican la jerarquía social (el desfile es un buen ejemplo de esto), los valores comunes (que son sacralizados, y de los que nadie osa burlarse), los modelos morales (los héroes, santos, dioses y sus hazañas), la majestad de los poderosos, la identidad y cohesión del grupo, así como su origen mítico y trascendente (casi siempre a través de un relato en el que el Orden vence al caos enemigo). Por supuesto, también se escenifica, con la misma eficacia teatral y estética, el castigo de todo aquel que osa “salirse” del orden y atentar contra él. Lo importante es que todas estas celebraciones dan una impronta “sagrada”: estética, emotiva, misteriosamente seductora, a la estructura social, al orden y a la ley, lo cual ejerce un poder de convicción casi irresistible.
¿Cómo desobedecer al policía que desfila en traje de gala, al son de un música solemne, y entre los vítores de todos, junto a una figuración teatral del dios llevado en andas por unos compungidos penitentes?...

Ahora bien. Estas fiestas (de institución del orden) no bastan para generar toda la conformidad que se precisa para que la sociedad (la ley) funcione. Todo orden social se “monta” sobre la represión o inhibición de fuerzas muy poderosas, y que están siempre latentes en los individuos. No son solo las pulsiones sexuales, o el uso libre de la violencia (los dos “impulsos” que primariamente se “civilizan” y reprimen en toda institución social, al decir de algunos antropólogos), sino algo socialmente más peligroso aún: la tentación de la duda, la crítica, la polisemia, la acción alternativa, el cuestionamiento no ya solo del orden social vigente, sino de cualquier otro orden posible. 
William-Adolphe Bouguereau. The Youth of Bacchus. (1884)
Estas poderosas fuerzas no se pueden someter fácilmente; hay que "darles salida", y esto podría ser la función del carnaval y del resto de “fiestas de inversión”. Son muchas: las saceas babilónicas, las crónicas griegas, las saturnales romanas, las  misas de locos medievales, las fiestas de esclavos antillanos, o todas las formas conocidas del carnaval -aunque en algunos casos este esté ya tan ritualizado que cueste trabajo reconocer en él su primitiva función—. En todas estas fiestas se escenifica justo lo contrario a lo que se celebra en el resto de las fiestas. En lugar de entronizar a un rey majestuoso, se hace desfilar a un bufón o a un grotesco “rey de burlas”. En lugar del héroe se celebra a un truhan pícaro y subversivo. En vez del orden tradicional, se inaugura un orden inverso: el mendigo es el rey, el burro hace de obispo, el varón se disfraza de mujer, y cada uno de su opuesto. La música majestuosa y emotiva de la celebración institucional se torna en ritmo desenfrenado, en baile improvisado, sin más coreografía que la natural del espasmo sexual. En lugar del discurso o el relato mítico del orden vigente, se abre paso la burla, la parodia, la crítica descarnada de todo, la risa sin censura (todo se vuelve cuestionable, risible). Los himnos se trastocan en canciones burlescas, los símbolos se invierten y desacralizan. Se busca la sorpresa, la aventura, en la bacanal y en la ingesta de sustancias enervantes. 
En los verdaderos carnavales, la policía, y todo asomo de orden, desaparecen de las calles. La violencia aflora, con la misma naturalidad que el sexo... El objetivo parece claro. Permitir, por unos días, que la fiesta conduzca al desorden más absoluto y, por tanto, a la convicción de la necesidad del orden que, tras los días del carnaval, vuelve triunfante (mediante una nueva escenificación teatral) a renovar su poder sobre el caos. En esta especie de mecanismo “metabólico” del poder, la inversión simbólica del orden ha de llegar a representarse en su grado más extremo, el de lo grotesco; solo así el poder se asegura una nueva y mayor demanda de orden y un renacimiento, temporalmente purificado, del deseo de conformidad. El mensaje del poder está claro: o el caos, o Yo.


Para más información sobre esta teoría de la función política de la fiesta puedes pulsar  aquí.







lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Hay una ciencia de lo bueno, justo y bello?


¿Hay algún experimento o prueba lógica que permita decidir si el aborto o la pena de muerte son o no aceptables? ¿Podríamos demostrar científicamente que la democracia es mejor que la tiranía? ¿Podría un sabio experto dictaminar que Goya es mejor artista que Picasso?... La mayoría de la gente responde a estas preguntas con un rotundo "no". En cuestiones morales, políticas o estéticas cada cual tiene su opinión, y todas son igualmente respetables. No hay nadie que sepa más que los demás (en política, por ejemplo, cada voto individual vale lo mismo). En este sentido, algunos se quejan de que en el Instituto se den clases de ética y ciudadanía, y que en ellas se razone acerca de lo bueno y lo malo ¡Esto no es un asunto público y racional -se dice- sino privado, subjetivo, relativo a las creencias de cada individuo y su familia! ¿Quién es nadie para decirnos lo que es bueno, justo o bello?...

Ahora bien. Si lo bueno o justo es según cada uno. ¿Podríamos objetar moralmente algo al que asesina o discrimina a las mujeres? (Para el que lo hace es algo bueno). ¿Podríamos tildar de injusto a un tirano? (Para el tirano su forma de gobernar es justa). Si lo bello es según el gusto de cada uno: ¿Podríamos decirle algo al director de un museo si sustituye los cuadros de Goya por los dibujos de su hijo pequeño? (A él le pueden parecer más bonitos los de su hijo). La respuesta parece ser: no. De hecho, ni siquiera podríamos discutir acerca de lo que es bueno, justo, etc. Pues si esas palabras significan algo diferente para cada persona, ¿cómo podríamos entendernos? Además, si todas las opiniones sobre lo bueno fueran igualmente respetables, ¿para qué discutir? Todo sería bueno para unas personas y malo para otras, luego todo sería bueno y malo a la vez. Contradictorio, pero cierto, ¿no?


¿Qué pensáis de todo esto? ¿Los asuntos morales, políticos y estéticos son irracionales y, por tanto, no cabe ningún saber racional sobre ellos (se los dejamos así a la religión o a las opiniones y emociones de cada cual)? ¿O por el contrario cabe una ciencia sobre tales asuntos, de forma que se pueda demostrar racionalmente lo que es bueno, justo y bello? Esto último es lo que pretende a veces la filosofía como saber "axiológico", es decir, cuando se vuelve "ética", "filosofía política", "estética filosófica"... ¿Tiene sentido esta pretensión de la filosofía?

jueves, 18 de septiembre de 2014

La evaluación y las teorías de la justicia.

Siempre los mismos problemas al volver al cole. ¡Establecer criterios de evaluación! ¿Cómo? ¿Cuáles? ¿Con qué criterio de criterios?... Preguntaré a mis alumnos. Pero claro, ya me imagino la discusión: ¿cuáles son los criterios “justos”? (Hasta los que quieren sobresaliente para todos quieren, también, que eso sea lo justo). Os pregunto a vosotros. Para animar, os presento algunas alternativas, inspiradas en distintas teorías de la justicia.


1. No hay  que evaluar ni juzgar nada. O, en todo caso, lo que uno quiera, cómo y cuándo quiera. (Anarquismo).

2. Hay que evaluar lo que demanda el mercado (idiomas, tecnologías...), que será lo que se imparta en los centros (si quieres estudiar otra cosa tendrás que pagarlo). Se pondrán las notas según la competencia o mérito de cada alumno: al que más sepa o pueda se le puntuará más (Liberalismo).

3. Igual que (2), pero sumando que el alumno se ajuste a cierto modelo de virtud (que sea modesto, discreto, respetuoso con los mayores, trabajador, decente, etc. ) (Liberal-conservadurismo).

4. Más o menos igual que (2), pero dando ventajas a los que no han tenido la suerte de nacer listos, ni en buenas familias, ni en circunstancias favorables (por eso fracasan, se desmotivan, trabajan poco, etc.). (Liberalismo moderado; socialdemocracia). 


5. Hay que evaluar que el alumno sea un buen creyente y se ajuste a un modelo de virtud totalmente cerrado e indiscutible (sagrado). (Ummas o comunidades religiosas)

6. Hay que evaluar un modelo de virtud (solidaridad, compromiso social, etc.) y no lo que demande el mercado, sino aquellas competencias que sean necesarias para construir una sociedad igualitaria en la que ningún individuo sea un medio para los fines de otros. Los individuos ajustarán sus preferencias a las necesidades sociales (estudiarán lo que la sociedad necesite, no lo que quieran). Serán evaluados por su esfuerzo, su competencia, y su compromiso social, dando ventaja y ayudando a los que no hayan tenido circunstancias favorables. (Socialismo, comunismo)

7. La evaluación es fundamentalmente tarea de cada alumno que, de vez en cuando, se hace preguntas como estas: ¿qué quiero ser y hacer? ¿He logrado realizar lo que yo quiero ser (en la medida en que he podido), gracias a esta asignatura? ¿Merece la pena seguir por aquí?...  (¿?)


Quino
Para que os orientéis, diremos que los principales partidos políticos de nuestro país estarían en estas posiciones: PP (2 y 3), PSOE (4), IU y Podemos (6)... Por cierto, algo mucho más importante: ¿cuál sería vuestra opción? (No tiene por qué estar entre las que os propongo).