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lunes, 19 de octubre de 2015

El mito de la caverna.



Imagina, dice Platón, unos hombres prisioneros desde niños en una oscura caverna. En ella viven atados de tal modo que sólo pueden mirar hacia la pared del fondo. Detrás de ellos se encuentra un pequeño muro y detrás de él, sin que los prisioneros puedan verlos, pasan unos extraños hombres hablando entre sí y portando objetos con figuras de cosas y animales; un poco más allá de ellos hay una hoguera. La luz de la hoguera ilumina a esos extraños seres y sus objetos de manera que la sombra de tales objetos se proyecta en el fondo de la cueva. ¿Qué será el mundo (pregunta Platón) para esos cavernícolas prisioneros? Ellos creerán, sin duda, que la realidad son esas sombras, así como los ecos de las voces de los portadores... (¿No nos pasa a nosotros lo mismo? ¿No creemos habitualmente que el mundo es lo que vemos y lo que nos dicen que es?)... ¿Pero qué pasaría si liberáramos a uno de esos prisioneros? Según Platón, se quedaría asombrado al comprobar que lo que creía que era el mundo no era más que la sombra de cosas y seres que desconocía. Y si lograra salir de la cueva y ver, no objetos que figuran otras cosas, sino las mismas cosas iluminadas por el sol, se sorprendería aún más, pues comprendería que los objetos y sombras de la caverna no son sino copias de las cosas, aún más reales, que existen fuera.... De hecho, se sorprendería tanto que, al principio no se lo creería. Pensaría que todo eso nuevo que ve no es sino un sueño, y que la realidad es lo que estaba acostumbrado a ver en la cueva. Y si, más tarde, se creyera lo que ve y bajara a la cueva a contárselo a los que allí permanecen "engañados", ¿no es cierto que lo tomarían por un loco y se reirían de él?... 



Otra forma de contar el cuento es esta. Imagina que la gente fuera criada desde pequeña en una butaca de cine, de manera que solo pudiesen mirar a una pantalla en la que constantemente se proyectaran imágenes sonoras. ¿No creerían que la realidad son esas imágenes?... Pero ahora imaginad que uno de esos espectadores lograra levantarse de su asiento y, mirando tras de sí, se diera cuenta de que todo lo que veía no eran sino imágenes proyectadas por el foco luminoso de una cámara en la que unos hombres estuvieran constantemente introduciendo películas. ¿No se llevaría una enorme sorpresa y le parecería, al principio, increíble?... 
¿Y si ese espectador pudiese salir del cine y observase el mundo exterior y se percatase de que las películas del cine no son sino una copia de la realidad que ahora ve, bajo la luz del sol, no se llevaría otra tremenda sorpresa y le parecería todo lo que ve increíble?... Y si volviera al interior del cine a contarle a los otros espectadores lo que ha visto, ¿no le tomarían por un loco y se burlarían de él?...  




Podríamos hacer una tercera versión, aún más actualizada, de este famoso cuento filosófico. Imaginaos a un grupo de personas que vivieran desde su nacimiento conectados a un equipo de realidad virtual: su cabeza siempre estaría metida en un casco con visor y auriculares, y el resto cubierto con un mono especial que les transmitiría sensaciones por todo el cuerpo. 
Estarían sentados de tal modo que no pudieran quitarse ni el casco ni el mono, y serían alimentados y harían sus necesidades a través de sondas. El casco y el traje se mantendrían siempre conectado a ordenadores programados para reproducir un vídeo juego (siempre el mismo) muy complejo. ¿Qué creéis que sería la “realidad” para estas personas? Seguramente pensarían que no hay otro mundo más que el de ese vídeo juego. Pero ahora imaginaos que a una de esas personas le quitásemos el casco y el traje, y le hiciéramos levantarse de su asiento. ¿Qué creéis que pasaría? Se daría cuenta, asombrada, que la realidad en la que creía vivir no era la “de verdad”, sino más bien una sucesión de imágenes, sonidos y estímulos eléctricos generados por un programa de ordenador. Es más, podría seguir investigando, y descubriría que esos programas reproducían o imitaban cosas y ruidos de un mundo que jamás había visto ni oído antes... Pero más aún, si intentase convencer a los que están acostumbrados a su realidad virtual de todo lo que ha descubierto, e intentase quitarles el casco y los guantes, ¿no podrían pensar que está loco y quiere atacarles, en lugar de hacerle caso?...


Pues bien, según Platón, la mayoría de los hombres viven como esas personas que hemos imaginado (en una caverna, en un cine, en un mundo virtual). Creen que el mundo es lo que ven y oyen (también lo que oyen que les dicen sobre él -en esa caverna, película o realidad virtual podría haber incluso un profesor de filosofía que les contase todo esto en unas clases o a través de un libro—), sin plantearse nada más. Y solo algunos (los filósofos) son capaces de “liberarse” de ese mundo ficticio (que sería como el mundo cotidiano en que vivimos) e iniciar una investigación para descubrir en qué consiste la verdadera realidad.




 Observa lo que sucede en alguna de estas dos películas: Matrix y El Show de Truman, y busca los paralelismos entre sus argumentos y el mito de la caverna. ¿Por qué crees que en todas ellas el protagonista descubre el "engaño"? ¿Cómo sabemos que a nosotros no nos ocurre lo mismo? ¿Serías capaz, por último, de crear una nueva versión del mito de Platón inventada por tí?



miércoles, 14 de octubre de 2015

El mito del nacimiento del Amor.



Cuentan que Platón cuenta, en su cuento titulado "El Banquete", como una panda de amigos, durante un banquete bien provisto de vino y alegría, comenzaron a discutir sobre ese tremendo demonio que es el amor. De todo lo que allí contaron os extraigo el cuento que Socratés contó sobre el nacimiento de Eros, el dios del Amor...

"(...) Cuando nació Afrodita (diosa de la belleza), los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros (dios de la abundancia),el hijo de Metis (diosa de la prudencia). Después que terminaron de comer, vino a mendigar Penía (diosa de la pobreza), como era de esperar en una ocasión festiva, y se quedo cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar -pues aún no había vino-, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acostó a su lado y concibió a Eros. Por esta razón es Eros, por una parte, acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la diosa y es por naturaleza un amante de lo bello. Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es,más bien, duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto,se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, buen cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y hábil con las palabras. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además,en el medio de la sabiduría y la ignorancia (...)"


¿Qué creeis que nos quiere decir Sócrates con este mito? ¿Qué significa que el amor o el deseo (Eros) sea hijo, a la vez, de la carencia y la abundancia, de la indigencia y la riqueza, de la ignorancia y la sabiduría...? ¿Tiene algo que ver este mito con lo que vosotros pensáis que es el amor?...





Aquí tenéis mi interpretación del cuento. Pero es solo la mía. Y aquí, su versión radiofónica.

viernes, 10 de octubre de 2014

El mito de la caverna.



Imagina, dice Platón, unos hombres prisioneros desde niños en una oscura caverna. En ella viven atados de tal modo que sólo pueden mirar hacia la pared del fondo. Detrás de ellos se encuentra un pequeño muro y detrás de él, sin que los prisioneros puedan verlos, pasan unos extraños hombres hablando entre sí y portando objetos con figuras de cosas y animales; un poco más allá de ellos hay una hoguera. La luz de la hoguera ilumina a esos extraños seres y sus objetos de manera que la sombra de tales objetos se proyecta en el fondo de la cueva. ¿Qué será el mundo (pregunta Platón) para esos cavernícolas prisioneros? Ellos creerán, sin duda, que la realidad son esas sombras, así como los ecos de las voces de los portadores... (¿No nos pasa a nosotros lo mismo? ¿No creemos habitualmente que el mundo es lo que vemos y lo que nos dicen que es?)... ¿Pero qué pasaría si liberáramos a uno de esos prisioneros? Según Platón, se quedaría asombrado al comprobar que lo que creía que era el mundo no era más que la sombra de cosas y seres que desconocía. Y si lograra salir de la cueva y ver, no objetos que figuran otras cosas, sino las mismas cosas iluminadas por el sol, se sorprendería aún más, pues comprendería que los objetos y sombras de la caverna no son sino copias de las cosas, aún más reales, que existen fuera.... De hecho, se sorprendería tanto que, al principio no se lo creería. Pensaría que todo eso nuevo que ve no es sino un sueño, y que la realidad es lo que estaba acostumbrado a ver en la cueva. Y si, más tarde, se creyera lo que ve y bajara a la cueva a contárselo a los que allí permanecen "engañados", ¿no es cierto que lo tomarían por un loco y se reirían de él?... 



Otra forma de contar el cuento es esta. Imagina que la gente fuera criada desde pequeña en una butaca de cine, de manera que solo pudiesen mirar a una pantalla en la que constantemente se proyectaran imágenes sonoras. ¿No creerían que la realidad son esas imágenes?... Pero ahora imaginad que uno de esos espectadores lograra levantarse de su asiento y, mirando tras de sí, se diera cuenta de que todo lo que veía no eran sino imágenes proyectadas por el foco luminoso de una cámara en la que unos hombres estuvieran constantemente introduciendo películas. ¿No se llevaría una enorme sorpresa y le parecería, al principio, increíble?... 
¿Y si ese espectador pudiese salir del cine y observase el mundo exterior y se percatase de que las películas del cine no son sino una copia de la realidad que ahora ve, bajo la luz del sol, no se llevaría otra tremenda sorpresa y le parecería todo lo que ve increíble?... Y si volviera al interior del cine a contarle a los otros espectadores lo que ha visto, ¿no le tomarían por un loco y se burlarían de él?...  



Podríamos hacer una tercera versión, aún más actualizada, de este famoso cuento filosófico. Imaginaos a un grupo de personas que vivieran desde su nacimiento conectados a un equipo de realidad virtual: su cabeza siempre estaría metida en un casco con visor y auriculares, y el resto cubierto con un mono especial que les transmitiría sensaciones por todo el cuerpo. 
Estarían sentados de tal modo que no pudieran quitarse ni el casco ni el mono, y serían alimentados y harían sus necesidades a través de sondas. El casco y el traje se mantendrían siempre conectado a ordenadores programados para reproducir un vídeo juego (siempre el mismo) muy complejo. ¿Qué creéis que sería la “realidad” para estas personas? Seguramente pensarían que no hay otro mundo más que el de ese vídeo juego. Pero ahora imaginaos que a una de esas personas le quitásemos el casco y el traje, y le hiciéramos levantarse de su asiento. ¿Qué creéis que pasaría? Se daría cuenta, asombrada, que la realidad en la que creía vivir no era la “de verdad”, sino más bien una sucesión de imágenes, sonidos y estímulos eléctricos generados por un programa de ordenador. Es más, podría seguir investigando, y descubriría que esos programas reproducían o imitaban cosas y ruidos de un mundo que jamás había visto ni oído antes... Pero más aún, si intentase convencer a los que están acostumbrados a su realidad virtual de todo lo que ha descubierto, e intentase quitarles el casco y los guantes, ¿no podrían pensar que está loco y quiere atacarles, en lugar de hacerle caso?...


Pues bien, según Platón, la mayoría de los hombres viven como esas personas que hemos imaginado (en una caverna, en un cine, en un mundo virtual). Creen que el mundo es lo que ven y oyen (también lo que oyen que les dicen sobre él -en esa caverna, película o realidad virtual podría haber incluso un profesor de filosofía que les contase todo esto en unas clases o a través de un libro—), sin plantearse nada más. Y solo algunos (los filósofos) son capaces de “liberarse” de ese mundo ficticio (que sería como el mundo cotidiano en que vivimos) e iniciar una investigación para descubrir en qué consiste la verdadera realidad.




 Observa lo que sucede en alguna de estas dos películas: Matrix y El Show de Truman, y busca los paralelismos entre sus argumentos y el mito de la caverna. ¿Por qué crees que en todas ellas el protagonista descubre el "engaño"? ¿Cómo sabemos que a nosotros no nos ocurre lo mismo? ¿Serías capaz, por último, de crear una nueva versión del mito de Platón inventada por tí?



viernes, 3 de octubre de 2014

El mito del nacimiento del Amor.



Cuentan que Platón cuenta, en su cuento titulado "El Banquete", como una panda de amigos, durante un banquete bien provisto de vino y alegría, comenzaron a discutir sobre ese tremendo demonio que es el amor. De todo lo que allí contaron os extraigo el cuento que Socratés contó sobre el nacimiento de Eros, el dios del Amor...

"(...) Cuando nació Afrodita (diosa de la belleza), los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros (dios de la abundancia),el hijo de Metis (diosa de la prudencia). Después que terminaron de comer, vino a mendigar Penía (diosa de la pobreza), como era de esperar en una ocasión festiva, y se quedo cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar -pues aún no había vino-, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acostó a su lado y concibió a Eros. Por esta razón es Eros, por una parte, acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la diosa y es por naturaleza un amante de lo bello. Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es,más bien, duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto,se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, buen cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y hábil con las palabras. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además,en el medio de la sabiduría y la ignorancia (...)"


¿Qué creeis que nos quiere decir Sócrates con este mito? ¿Qué significa que el amor o el deseo (Eros) sea hijo, a la vez, de la carencia y la abundancia, de la indigencia y la riqueza, de la ignorancia y la sabiduría...? ¿Tiene algo que ver este mito con lo que vosotros pensáis que es el amor?...





Aquí tenéis mi interpretación del cuento. Pero es solo la mía

martes, 16 de septiembre de 2014

¡Bienvenidos a la caverna! (Temporada 2014/2015)



Cuenta un viejo sabio (al que los griegos llamaban Platón) que los hombres somos como prisioneros en una oscura caverna. En ella vivimos atados de tal modo que sólo podemos mirar hacia la pared del fondo, en la que aparecen imágenes con voz y movimiento. Es como si desde siempre viviéramos en un cine (o ante un televisor) y solo pudiéramos ver una pantalla en la que constantemente se proyectaran imágenes. O peor aún, es como si desde pequeños pasáramos el tiempo en aulas como esta, encapsulados en pupitres de forma que solo pudiéramos mirar la pizarra en la que el profesor de turno dibujara y escribiera sin parar… Resultado: creemos que el mundo no es otra cosa que lo que aparece en esa pared (o pantalla, o pizarra)…




Así vivimos todos los humanos -dice Platón- antes de empezar a filosofar: creyendo que el mundo es lo que vemos y lo que oímos que nos dicen desde pequeños… 



¿Pero es así de verdad? Llega un día en que uno se despierta de esa somnolencia que da la penumbra (y el aburrimiento) de la caverna (la tele, el aula…) y comienza a hacerse ciertas preguntas, a discutir lo que le dicen, a no creerse ni hacer las cosas sin más, “porque sí”, o “porque lo digo yo”…
 ¿Por qué van a ser las cosas como tú dices? –le decimos entonces al cavernícola jefe— . ¿Por qué es el mundo como es (tan raro y contradictorio a veces)? –nos preguntamos a nosotros mismos— ¿Es realmente así?... ¿No podría ser más justo, la gente más buena, la vida más bella y feliz?... ¿Cómo?... ¿Y yo, qué pinto aquí yo, cómo he venido a parar a esta caverna? ¿Obedezco y hago lo que me dicen, o mejor me atrevo a hacer lo que yo quiera? ¿Pero qué es lo que yo quiero realmente?...  

Estas y otras mil preguntas invaden al cavernícola que, un día, decide apartar la vista de la pantalla o la pizarra y pensar por su cuenta. Y esto, preguntarnos y pensar por nuestra cuenta, es también lo que queremos hacer aquí. La filosofía es…esa manía que nos entra a algunos de querer saber y vivir por nosotros mismos, bajo nuestra responsabilidad, como si dirigiéramos nuestra propia película, abriendo bien los ojos y pensando y haciendo solo lo que nosotros consideramos verdadero, justo y bello…
 

Eso sí, como pensar por nuestra cuenta no es tarea fácil (a uno le llegan a volver loco las dudas), no es mala cosa que compartamos los pensamientos con otros con la misma inquietud que nosotros. Y eso, dialogar, pensar juntos, es también lo que más haremos aquí.  



¡Así que bienvenidos todos, alumnos, amigos y compañeros de viaje! Comenzamos un nuevo curso en el que a base de preguntas y respuestas volveremos a poner patas arriba esta caverna. Si os animáis, acercaos a la luz del fuego (que es el único sol que tenemos los pobres cavernícolas) y empecemos a conversar…


Para inspiraros, podéis ir leyendo la programación del curso –la tenéis enlazada en el primer pasadizo, arriba a la izquierda—, o echarle un vistazo a la película “El mundo de Sofía”…



¡Pero, ojo, no vaya a ser también este blog (y este curso) una engañosa…caverna!



miércoles, 25 de septiembre de 2013

El cuento del Amor.




Decía Oscar Wilde que “cuando los dioses quieren castigar a los hombres, les conceden lo que desean”. Siempre deseamos lo que no tenemos… Y cuando lo tenemos, ¡qué decepción!... Volvemos a desear otra cosa, ir aún más lejos, siempre, infinitamente, porque, como lloraba Luis Cernuda, el deseo es “una hoja cuya rama no existe (…), una pregunta cuya respuesta nadie sabe”. Somos el animal insatisfecho, siempre queremos más, porque estamos hechos de barro, pero también de esa sutil materia de los sueños. “Neti, neti”, decían los sabios brahamanes a cada respuesta o acción de sus discípulos, “no es eso, no es eso”. Nunca es exactamente eso lo que de verdad buscamos…

¿Qué nos hace tan disconformes? Sea lo que sea, es eso lo que nos mueve, lo que nos empuja a crecer. El movimiento es el modo que tenemos de ser los que aún no somos todo lo que realmente hemos de ser. ¿A qué este anhelo de ser más, de ser otro mejor, de buscar lo que nos falta, de comernos el mundo?

Buscar la perfección es saber que nos falta. Eso es fácil (basta mirarse al espejo de la conciencia un par de segundos), pero también es imposible: ¿como nosotros, barro inmundo, burbuja tan frágil, vamos a tener idea de esa perfección que nos falta y buscamos desde nuestro mismo improbable principio?...

Cuando una pregunta no tiene respuesta (o un deseo no tiene cura) lo mejor, siempre, es contar un cuento. Como este.

Cuenta el filósofo Platón que en un banquete de cuento, que celebraron unos nobles amigos en honor de uno de ellos (el más cuentista, pues era poeta), decidieron invertir la gracia y la luz del vino trasegado en hablar del amor. Y cuando fue el turno de Sócrates, éste contó lo que una sabia mujer, Diotima, le contó una vez acerca de lo que contaban del nacimiento de Eros, el dios del Amor. Cuenta este cuento de cuentos, que en un olímpico banquete, en que los dioses celebraban el nacimiento de Afrodita, diosa de la belleza (esa brillante faz con que espejean, aquí abajo, los celestes sueños), salió a tomar el eter, borracho de nectar, Poros, el dios de los recursos, y encontrose allí, en los jardines del palacio de Zeus, a la pobre Penia, diosa de la carestía que, olvidada por todos, vagabundeaba entre los restos del divino festín. Y he aquí que Penia, pobre pero no tonta, se aprovechó de la inconsciencia de Poros y solazándose con él concibió ese día un hijo, al que, por su naturaleza, pusieron de nombre Eros o Amor.

Esto es amor, dice Platón. El hijo de lo Mucho y de lo Poco, de la borrachera del Dios que Todo lo consigue y la inteligencia de la Diosa que Nada tiene, de lo Perfecto olvidado de sí mismo y de la Imperfección consciente de sí. Este hijo, el Amor, heredó por su divino origen, el sueño de lo Uno y lo Completo, y, por parte de madre, la triste rémora de lo Partido y lo Cojo. Y desde entonces hecho cuerpo renquea y brinca por la Tierra atento a cada bella (y afrodisíaca) llamada del Cielo. Este Amor, en la forma de la flecha que nos excita y tensa por dentro, es el Alma que a los hombres nos habita, animándonos a hacer Uno lo que dolorosamente nos parece Dos, apuntando con bizco y tembloroso esfuerzo de arquero a lo que paternalmente nos llama, desde la caverna o valle que vacío habitamos a la vertical llanura de los sueños. Y eso, desde que Platón lo dijo, con luminosa y parecida borrachera a la del dios padre, y la inteligente mentira de las palabras con que su madre lo sedujo, eso es el Amor. Eso somos tú y yo.Y, por eso, ni tu ni yo. Quién lo pensó, lo sabe.     


martes, 17 de septiembre de 2013

Bienvenidos a la Caverna (Temporada 2013/2014)




Cuenta un viejo sabio (al que los griegos llamaban Platón) que los hombres somos como prisioneros en una oscura caverna. En ella vivimos atados de tal modo que sólo podemos mirar hacia la pared del fondo, en la que aparecen imágenes con voz y movimiento. Es como si, desde siempre viviéramos en un cine (o ante un televisor) y solo pudiéramos ver una pantalla en la que constantemente se proyectaran imágenes. O, peor aún, es como si desde pequeños pasáramos el tiempo en aulas como esta, encapsulados en pupitres de forma que solo pudiéramos mirar la pizarra en la que el profesor de turno dibujara y escribiera sin parar… Resultado: creemos que el mundo no es otra cosa que lo que aparece en esa pared (o pantalla, o pizarra)…



Así vivimos todos los humanos -dice Platón- antes de empezar a filosofar: creyendo que el mundo es lo que vemos y lo que oímos que nos dicen desde pequeños… 



¿Pero es así de verdad? Llega un día en que uno se despierta de esa somnolencia que da la penumbra (y el aburrimiento) de la caverna (la tele, el aula…) y comienza a hacerse ciertas preguntas, a discutir lo que le dicen, a no creerse ni hacer las cosas sin más, “porque sí”, o “porque lo digo yo”…
 ¿Por qué van a ser las cosas como tú dices? –le decimos entonces al cavernícola jefe— . ¿Por qué es el mundo como es (tan raro y contradictorio a veces)? –nos preguntamos a nosotros mismos— ¿Es realmente así?... ¿No podría ser más justo, la gente más buena, la vida más bella y feliz?... ¿Cómo?... ¿Y yo, qué pinto aquí yo, cómo he venido a parar a esta caverna? ¿Obedezco y hago lo que me dicen, o mejor me atrevo a hacer lo que yo quiera? ¿Pero qué es lo que quiero realmente?...  

Estas y otras mil preguntas invaden al cavernícola que, un día, decide apartar la vista de la pantalla o la pizarra y pensar por su cuenta. Y esto, preguntarnos y pensar por nuestra cuenta, es lo que haremos aquí. La filosofía es…esa manía que nos entra a algunos de querer saber y vivir por nosotros mismos, bajo nuestra responsabilidad, abriendo bien los ojos y pensando y haciendo solo lo que nosotros consideramos verdadero y justo…
 

Eso sí, como pensar por nuestra cuenta no es tarea fácil (a uno le llegan a volver loco las dudas), no es mala cosa que compartamos los pensamientos con otros con la misma inquietud que nosotros. Y eso, dialogar, pensar juntos, es también lo que más haremos aquí.  



¡Así que bienvenidos todos, alumnos, amigos y compañeros de viaje! Comenzamos un nuevo curso, en el que a base de preguntas y respuestas volveremos a poner patas arriba esta caverna. Si os animáis, acercaos a la luz del fuego (que es el único sol que tenemos los pobres cavernícolas) y empecemos a conversar…

Para inspiraros, podéis ir leyendo la programación del curso –la tenéis enlazada en el primer pasadizo, arriba a la izquierda—, o echarle un vistazo a la película “El mundo de Sofía”…


¡Pero, ojo, no vaya a ser también este blog (y este curso) una engañosa…caverna!



lunes, 15 de abril de 2013

La caverna de la caverna. El arte como acceso a la autoconsciencia.



Dicen algunos antropólogos que la más clara diferencia observable entre nuestros más cercanos parientes homínidos y nosotros es el ARTE. Por ejemplo, las pinturas rupestres, esas representaciones de animales y otros seres que nuestros abuelos plasmaron en las paredes de sus cuevas.  Bonito, ¿verdad? ¿Y no será inevitable (para unos poéticos cavernícolas como nosotros) relacionar este cuento con ese otro que nos legó Platón: el mito de la caverna? Especulemos, como si fuéramos espeólogos de nosotros mismos, sobre esta caverna que habitamos...

El hombre se distingue del animal por su capacidad REFLEXIVA y ESPECULATIVA. Somos conscientes del mundo que nos rodea, pero también de nuestra propia conciencia; pensamos en nuestros pensamientos (en eso consiste reflexionar). Y precisamente por ello somos capaces de distinguir entre el pensamiento y lo pensado, entre la representación y el mundo, entre nuestra mente y la propia realidad... Ahora: dado que distinguimos entre lo que tenemos en la cabeza y lo que sea la realidad, podemos dudar de la certeza de lo primero y especular acerca de lo segundo. Esta es la condición de nuestra condición humana, caracterizada por la DUDA y la ESPECULACIÓN.. En otras palabras: podemos sospechar del carácter aparente de lo que inmediatamente percibimos y construir teóricamente otros mundos hipotéticamente más verdaderos. Esta es la situación “trans-cavernaria” del hombre, su más honda y maravillosa característica: desconfiar del "más acá" de la apariencia y preguntarse por el "más allá" de lo verdadero . Y en este viaje filosófico consiste, según el viejo símil platónico, su tránsito de la caverna (la apariencia, la inmediatez sensible) al Sol del conocimiento (la realidad, la evidencia racional).

 
¿Y en qué contribuye a esto la representación de unos animales en las paredes de una cueva? En primer lugar, la exteriorización de las representaciones mentales tal vez pueda ayudar a hacernos más plenamente conscientes de las mismas. Cuando el “artista” paleolítico plasma en la pared lo que tiene en su imaginación o en sus recuerdos, está objetivándolo, tomando distancia con respecto a ello, y creando así condiciones óptimas para asumir sus propias representaciones como objeto de conocimiento, es decir, creando condiciones para la autoconsciencia. Imaginemos a esos primitivos hombres preguntándose qué tipo de bisontes eran esos pintados en la pared, en qué se distinguían de los que cazaban fuera de la cueva, de dónde y como habían aparecido...

Naturalmente, debemos suponer que este fenómeno de toma de consciencia de las propias representaciones está igualmente ligado al lenguaje. Escuchar una secuencia de sonidos que signifique, por ejemplo, “estas son huellas de bisonte”, es algo tan diferente a las propias huellas visibles, que parece inevitable pensar en la distinción entre un mundo de signos relativo a nuestra mente y nuestra cultura, y otro mundo de objetos reales referido por el primero. Cuando más si, al expresar u oír la expresión simbólica esta era corregida por nuevas percepciones y/o por las indicaciones verbales de otro. Imaginad que nos decían: “estas NO son huellas de bisonte, te has equivocado”, y que tras mirar de nuevo admitíamos nuestro error. ¿No sería lógico preguntarse entonces dónde estaban entonces esas huellas de bisonte que creíamos percibir? ¿Y no sería lógico responder: estaban en mi mente, no en el mundo, y admitir, por tanto, que hubiera como dos lugares o realidades distintas: mi mente y el mundo?

     

La eclosión, en fin, de la competencia representacional (un lenguaje oral más rico en símbolos y más complejo; y la exteriorización de códigos representacionales a través de pinturas y gráfismos, tatuajes, adornos corporales, objetos significativos, etc.) fue, tal vez, lo que determino la distinción consciente entre representación y mundo, y lo que creó, así, la condición para dudar de nuestras representaciones inmediatas (que están en mi mente, o en mi lenguaje, y a veces son erróneas) y preguntarnos por lo verdaderamente real (buscando representaciones correctas y objetivas).

Este no es el único paso, claro está, en esa compleja ascensión desde la oscuridad de la preconsciencia y la ignorancia a la luz del conocimiento. Una vez asentada la desconfianza hacia las representaciones primarias (las percepciones inmediatas), nos tocó sembrar la duda en las propias representaciones simbólicas. PINTAR o hablar de bisontes es la llave (o una de ellas) para que dudemos del carácter de lo que vemos. Pero PENSAR en (y con) nuestros grafos y palabras es la clave para el hacer y el deshacer especulativo acerca del carácter de lo real mismo.

Si esto fuera así, resultaría paradójico que la forma de disolver el espejismo primario, las imágenes de la caverna platónica, fuera plasmarlas pictóricamente en la misma pared, creando imágenes de imágenes. Imágenes eso sí (las pictóricas) mejoradas: más conscientes, más bellas, propicias y coherentes, en suma, más reales (o ideales, lo que, para Platón, es lo mismo).

En fin. Lo originario (lo más primitivo e imperfecto) es la mera VISIÓN (a esto corresponden las imágenes del fondo de la caverna en el mito platónico); el protohombre, el hombre-animal u hombre-niño, no distinguen entre su visión y el mundo (son para él lo mismo).

 Sobre la mera visión aparece algo menos originario (más avanzado y perfecto): la representación consciente, la imaginación, EL ARTE. El cavernícola se pone en acción, se levanta y objetiva pictóricamente su subjetividad visionaria en la pared de su cueva, duplica estéticamente el mundo (la pintura y lo pintado, lo objetivo y lo subjetivo, lo parecido y lo disímil, lo bello y lo feo…), y dónde hay dualidad la lógica aflora a la consciencia como duda, como resistencia a lo doble y contradictorio, y cómo búsqueda de identidad (¿qué mundo es el real, que representación es la verdadera, apropiada, bella?).

Tras esto, la espeolológica aventura humana se acelera. Sobre la representación y el símbolo aparece el PENSAMIENTO TEÓRICO Y ESPECULATIVO, la torsión o re-flexión del cavernícola pre-liberado por el arte y su mundo simbólico hacia el ámbito de las cosas mismas (los significados o ideas, diría Platón) y, tras él, hacia la razón última y fundante de tales cosas o ideas.

Ya decía Platón que el artista está alejado dos veces de la realidad. Sus imágenes son copias de copias, pues no son sino una copia pobre de las cosas mismas –es decir: de sus ideas—, que a su vez no son sino una imagen o signo de lo que les presta realidad –la perfecta y pura Identidad—. Pero aún más alejada está la simple visión o percepción, la pura subjetividad inconsciente del animal.

¿SERÍA ASÍ EL ARTE EL ESLABÓN ENTRE NUESTRA INFANCIA ANIMAL Y NUESTRA HUMANA MADUREZ? ¿El paso –adolescente- que hay entre la simple inconsciencia de los inicios, y la reflexión y especulación racional posterior? ¿NO ES ESTO LO QUE PODRÍA DECIRNOS ESTA BELLA HIPÓTESIS ANTROPOLÓGICA?
  


miércoles, 13 de marzo de 2013

La extraña idea de la existencia de las ideas.



¿Qué es MÁS FUNDAMENTAL: la MATERIA o la FORMA, el “relleno” de las cosas, o la “estructura” que las define? Imaginemos, por ejemplo, la Giralda de Sevilla. ¿Qué es más fundamental para que ella exista: su materia (la piedra de que está hecha) o su forma? Si mañana un terremoto acabara con ella, ¿qué sería “más giralda” (o se parecería más a ella), el montón de piedras que quedaría sobre el suelo (su materia sin la forma), o el plano del arquitecto que se conserva en el museo (su forma sin la materia)?.. Pensemos en un ejemplo más complejo. ¿Con qué nos identificamos más nosotros mismos: con la materialidad de nuestro cuerpo o con nuestra forma de ser? Es obvio que la materia no nos distingue de ninguna otra persona o cosa, estamos hechos de lo mismo (las mismas partículas, fuerzas, etc.) que cualquier otro ser. Lo que nos distingue e identifica es nuestra forma de ser o comportarnos (y si nuestra materia cambiara –por ejemplo, si nos cambiaran cada uno de nuestros órganos físicos por otros mediante trasplantes, o incluso por algún tipo de aparato- seguiríamos siendo quienes somos mientras mantuviéramos nuestra forma de ser, ¿o no?).

¿Es entonces más fundamental la forma o estructura de las cosas que su materialidad? Parece que sí. Pero algunos filósofos van aún más lejos y afirman que incluso la materia no es otra cosa que forma. ¿Pues qué es la madera o el agua sino una forma de componerse sus átomos? ¿Y qué es un átomo sino una cierta configuración de partículas? ¿Y qué es una partícula sino cierta forma de comportarse perfectamente descrita, además, mediante fórmulas matemáticas?... No hay materia sin forma. Es más, para algunos filósofos y científicos, no hay, en el fondo, más que formas (expresables en fórmulas). “Todo es número”, decían los antiguos pitagóricos. “Todo es matemáticas”, dicen algunos físicos actuales (y decir que “todo es matemáticas” va mucho más allá que decir que “todo es describible por las matemáticas” – de hecho, si esta última frase es cierta, y TODO es describible por las matemáticas, entonces no hay más remedio lógico que concluir que TODO es de la misma naturaleza que las matemáticas-).

No hay materia sin forma (incluso podríamos decir que la materia no es, en el fondo, otra cosa que forma). ¿Pero puede haber forma sin materia? ¿Qué materia tiene, por ejemplo, la Giralda tal como la concibió el arquitecto antes de realizarla? Alguien podría decir que esa Giralda concebida existía en la “materia” del cerebro o la mente del que la imaginaba. Pero, ¿cómo? La mente consiste en procesos o sucesos en el tiempo (pensar, imaginar...son acciones en el tiempo). ¿Serían también las formas procesos en el tiempo? No puede ser: las formas son, justamente, lo que DA estructura al tiempo, luego no pueden ser ellas mismas tiempo... Pero lo más raro de todo es la conclusión a la que nos lleva todo esto: si la Giralda, como forma, no es un producto de la mente, entonces la Giralda formal tendría que existir antes e independientemente de que ninguna mente la concibiera... ¡Extraño, eh!...O no tanto. Pensemos en otras cosas, también muy formales, como el dos o como E=mc(2); ¿existían tales cosas antes de que hubiera cerebros lo suficientemente evolucionados como para comprenderlo y nombrarlo? ¿Es que dos átomos no eran dos átomos antes de que existieran seres inteligentes para darse cuenta y darle nombre?...  Algunos filósofos han concebido (¿o descubierto?) la extraña idea de que realidades como el dos y otras por el estilo no solo son independientes de la materia (¿es algo en algún sentido material el dos?), sino también de las mentes capaces de concebirlo. Han pensado, en suma, que son FORMAS PURAS o IDEAS (distinguiendo muy bien entre lo que es una idea y lo que es un pensamiento o concepto, que es nuestra forma de capturar ideas). Algunos, aún más ló(gi)cos, han llegado a pensar que también la Giralda, o Tú mismo, lector, o cualquier otro ser, no es, en el fondo, más que una idea o forma pura, independiente de su momentánea materialización en este mundo.

A estos últimos filósofos hiperló(gi)cos también se les llama, por cierto, platónicos…

¿Será cierto esto que dicen?

lunes, 8 de octubre de 2012

El cuento del amor.



Decía Oscar Wilde que “cuando los dioses quieren castigar a los hombres, les conceden lo que desean”. Siempre deseamos lo que no tenemos… Y cuando lo tenemos, ¡qué decepción!... Volvemos a desear otra cosa, ir aún más lejos, siempre, infinitamente, porque, como lloraba Luis Cernuda, el deseo es “una hoja cuya rama no existe (…), una pregunta cuya respuesta nadie sabe”. Somos el animal insatisfecho, siempre queremos más, porque estamos hechos de barro, pero también de esa sutil materia de los sueños. “Neti, neti”, decían los sabios brahamanes a cada respuesta o acción de sus discípulos, “no es eso, no es eso”. Nunca es exactamente eso lo que de verdad buscamos…

¿Qué nos hace tan disconformes? Sea lo que sea, es eso lo que nos mueve, lo que nos empuja a crecer. El movimiento es el modo que tenemos de ser los que aún no somos todo lo que realmente hemos de ser. ¿A qué este anhelo de ser más, de ser otro mejor, de buscar lo que nos falta, de comernos el mundo?

Buscar la perfección es saber que nos falta. Eso es fácil (basta mirarse al espejo de la conciencia un par de segundos), pero también es imposible: ¿como nosotros, barro inmundo, burbuja tan frágil, vamos a tener idea de esa perfección que nos falta y buscamos desde nuestro mismo improbable principio?...

Cuando una pregunta no tiene respuesta (o un deseo no tiene cura) lo mejor, siempre, es contar un cuento. Como este.

Cuenta el filósofo Platón que en un banquete de cuento, que celebraron unos nobles amigos en honor de uno de ellos (el más cuentista, pues era poeta), decidieron invertir la gracia y la luz del vino trasegado en hablar del amor. Y cuando fue el turno de Sócrates, éste contó lo que una sabia mujer, Diotima, le contó una vez acerca de lo que contaban del nacimiento de Eros, el dios del Amor. Cuenta este cuento de cuentos, que en un olímpico banquete, en que los dioses celebraban el nacimiento de Afrodita, diosa de la belleza (esa brillante faz con que espejean, aquí abajo, los celestes sueños), salió a tomar el eter, borracho de nectar, Poros, el dios de los recursos, y encontrose allí, en los jardines del palacio de Zeus, a la pobre Penia, diosa de la carestía que, olvidada por todos, vagabundeaba entre los restos del divino festín. Y he aquí que Penia, pobre pero no tonta, se aprovechó de la inconsciencia de Poros y solazándose con él concibió ese día un hijo, al que, por su naturaleza, pusieron de nombre Eros o Amor.

Esto es amor, dice Platón. El hijo de lo Mucho y de lo Poco, de la borrachera del Dios que Todo lo consigue y la inteligencia de la Diosa que Nada tiene, de lo Perfecto olvidado de sí mismo y de la Imperfección consciente de sí. Este hijo, el Amor, heredó por su divino origen, el sueño de lo Uno y lo Completo, y de su madre la triste rémora de lo Partido y lo Cojo. Y desde entonces, hecho cuerpo renquea y brinca por la Tierra atento a cada bella (y afrodisíaca) llamada del Cielo. Este Amor, en la forma de la flecha que nos excita y tensa por dentro, es el Alma que a los hombres nos habita, animándonos a hacer Uno lo que dolorosamente nos parece Dos, apuntando con bizco y tembloroso esfuerzo de arquero a lo que paternalmente nos llama, desde la caverna o valle que vacía habitamos a la vertical llanura de lo que infinitamente soñamos ser. Y eso, desde que Platón lo dijo, con luminosa y parecida borrachera a la del dios padre, y la inteligente mentira de las palabras con que su madre lo sedujo, eso es el Amor. Eso somos tú y yo.Y, por eso, ni tu ni yo. Quién lo pensó, lo sabe.     


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Bienvenidos a la caverna (temporada 2012-13)




Cuenta un viejo sabio (al que los griegos llamaban Platón) que los hombres somos como prisioneros en una oscura caverna. En ella vivimos atados de tal modo que sólo podemos mirar hacia la pared del fondo, en la que aparecen imágenes con voz y movimiento. Es como si, desde siempre viviéramos en un cine (o ante un televisor) y solo pudiéramos ver una pantalla en la que constantemente se proyectaran imágenes. O, peor aún, es como si desde pequeños pasáramos el tiempo en aulas como esta, encapsulados en pupitres de forma que solo pudiéramos mirar la pizarra en la que el profesor de turno dibujara y escribiera sin parar… Resultado: creemos que el mundo no es otra cosa que lo que aparece en esa pared (o pantalla, o pizarra)…



Así vivimos todos los humanos -dice Platón- antes de empezar a filosofar: creyendo que el mundo es lo que vemos y lo que oímos que nos dicen desde pequeños… 



¿Pero es así de verdad? Llega un día en que uno se despierta de esa somnolencia que da la penumbra (y el aburrimiento) de la caverna (la tele, el aula…) y comienza a hacerse ciertas preguntas, a discutir lo que le dicen, a no creerse ni hacer las cosas sin más, “porque sí”, o “porque lo digo yo”…
 ¿Por qué van a ser las cosas como tú dices? –le decimos entonces al cavernícola jefe— . ¿Por qué es el mundo como es (tan raro y contradictorio a veces)? –nos preguntamos a nosotros mismos— ¿Es realmente así?... ¿No podría ser más justo, la gente más buena, la vida más bella y feliz?... ¿Cómo?... ¿Y yo, qué pinto aquí yo, cómo he venido a parar a esta caverna? ¿Obedezco y hago lo que me dicen, o mejor me atrevo a hacer lo que yo quiera? ¿Pero qué es lo que quiero realmente?...  

Estas y otras mil preguntas invaden al cavernícola que, un día, decide apartar la vista de la pantalla o la pizarra y pensar por su cuenta. Y esto, preguntarnos y pensar por nuestra cuenta, es lo que haremos aquí. La filosofía es…esa manía que nos entra a algunos de querer saber y vivir por nosotros mismos, bajo nuestra responsabilidad, abriendo bien los ojos y pensando y haciendo solo lo que nosotros consideramos verdadero y justo…
 
Eso sí, como pensar por nuestra cuenta no es tarea fácil (a uno le llegan a volver loco las dudas), no es mala cosa que compartamos los pensamientos con otros con la misma inquietud que nosotros. Y eso, dialogar, pensar juntos, es también lo que más haremos aquí.  

¡Así que bienvenidos todos, alumnos, amigos y compañeros de viaje! Comenzamos un nuevo curso, en el que a base de preguntas y respuestas volveremos a poner patas arriba esta caverna. Si os animáis, acercaos a la luz del fuego (que es el único sol que tenemos los pobres cavernícolas) y empecemos a conversar…

Para inspiraros, podéis ir leyendo la programación del curso –la tenéis enlazada en el primer pasadizo, arriba a la izquierda—, o echarle un vistazo a la película “El mundo de Sofía”…



¡Pero, ojo, no vaya a ser también este blog una engañosa…caverna!