viernes, 16 de octubre de 2026

9. ¿Podemos ser libres? ¿Qué relación tienen la libertad y la filosofía?

 


Crecer, desarrollarse como seres humanos tiene mucho que ver con ser libres y autónomos, es decir, con pensar y decidir las cosas por nosotros mismos, dignamente, como los seres racionales que somos, en lugar de limitarnos a obedecer órdenes o ser utilizados como marionetas por otras personas (en ese caso nos comportaríamos de forma heterónoma, que es lo contrario de ser autónomos).

Ahora bien, ¿en qué consiste concretamente ser libres? La cultura nos da en ocasiones una visión infantil y falsa de la libertad, según la cual ser libre consistiría en hacer lo que queramos sin encontrar obstáculos (casi como si fuéramos omnipotentes). Además, suele confundirla con una suerte de sensación o estado emotivo, ligado casi siempre al placer, el juego, el viaje exótico, el consumo de ciertos objetos de lujo, etc. Esto es muy discutible. La libertad no es una emoción (no solemos escoger las emociones que tenemos), ni consiste en hacer simplemente lo que quieras, a no ser que seas tú quien mande en tu querer. Y no encontrar obstáculos tampoco es muy relevante, dado que siempre, por muy poderosos que seamos, vamos a encontrar obstáculos y limitaciones…

¿Qué es entonces la libertad y qué relación tiene con el saber y la filosofía?  

En un primer análisis, ser libres parece tener que ver con dos factores: (a) la posibilidad de escoger y (b) que la elección sea autónoma, es decir, realmente nuestra. El primero siempre está presente: no hay circunstancia, por condicionante que sea, en la que no parezca que podamos decidir entre varias opciones. Diríamos, en este sentido, que aunque no seamos omnipotentes, (no tenemos infinitas opciones), siempre tenemos al menos dos. Por esto decía el filósofos Jean Paul Sartre que los humanos estamos condenados a ser libres (es decir: que no podemos decidir no decidir, o eso parece) … El segundo de los factores parece más problemático, pero mucho más interesante. Decir que ser libres consiste en que la elección sea realmente “nuestra”. Es decir, que seamos nosotros los que efectivamente elijamos lo que nos parezca mejor (esto de “mejor” es, por cierto, lo que entronca el problema antropológico de la libertad con el problema ético del bien, pero este asunto lo dejamos para el siguiente capítulo).

En cuanto a la relación de la libertad con el saber y la filosofía, esta no es difícil de establecer en principio. En primer lugar, cuánto más conocimientos y sabiduría tengamos más capacidad tendremos para imaginar posibilidades (cursos de acción diferentes, distintas respuestas a un problema, etc.). Y, en segundo lugar, cuanto más “filósofos” seamos más nos empeñaremos en la tarea de someter a reflexión crítica las ideas en que hemos sido educados y establecer nuestros propios criterios y normas de decisión (nuestro propio sistema de ideas y valores), y es en esto último en lo que parece que consiste lo de “ser autónomos”.

Hasta aquí lo más fácil. Ahora, como buenos filósofos y filósofas, hemos de poner todo esto en cuestión.

Empecemos por preguntarnos si podemos realmente escoger entre opciones. Para ello imaginaos el siguiente ejemplo: que curioseando en una librería de viejo encontrara de repente un extraño volumen: una biografía, escrita por un autor anónimo, titulada justo con mi nombre. Algo así como “Víctor Bermúdez: su vida”. Imaginaos que empezara a leerla y observara, atónito, que describe a la perfección mi vida hasta el momento, justo, en que entraba en esa librería de viejo, encontraba ese extraño libro y, ante la sorpresa que me causaba, me daba un infarto y moría… ¿Es verosímil esta historia? ¿Es posible?  ¿Qué creéis que me pasaría realmente si llegara a encontrar un libro así?... Que todo esté escrito es una vieja idea, ¿pero cuanto tiene de racional? Pensemos. Si todo en el universo está regido por leyes, como presume la ciencia, cada una de nuestras acciones podría predecirse tal como se calcula el paso de un cometa. O, como diría un teólogo: tal como prevería un dios omnisciente. Y no hay ateísmo ni probabilismo al que agarrarse: si la libertad fuera hija del azar, seríamos tan «libres» como… la ruleta de un casino… Una buena imagen, aunque algo tosca, de este determinismo es el de uno de estos juegos en el que se simula el “efecto dominó”. Así, podríamos suponer que cada una de las fichas del juego fuera como una de nuestras acciones (y nuestra vida entera la secuencia de caídas, ficha tras ficha, desde el principio al final). ¿Podría, alguna de ellas, haber sucedido de otro modo de cómo sucedido en ese momento y lugar? A esta teoría se le llama , por cierto, “determinismo”. Antiguamente se creía más en un determinismo divino (todo lo mueven los hilos de la Parca); pero hoy es más corriente el determinismo materialista, que dice que, puesto que todos nuestros movimientos están regidos por leyes mecánicas, la libertad es una ilusión fruto del desconocimiento de todas las leyes que nos determinan. Ahora bien, si la libertad parece algo tan ilusorio ¿por qué la experimentamos tan firme y continuamente?

Vayamos ahora a otro problema: el problema del libre albedrío. Hemos dicho que la libertad, además de suponer una pluralidad de opciones posibles, implica que las decisiones sean autónomas, es decir, que sean tomadas por nosotros mismos o, por ser más preciso, por nuestra propia voluntad. Ser autónomo consiste en decidir y actuar por nuestra propia voluntad. De hecho, es en la voluntad donde se sitúa comúnmente la libertad (así, es común hablar de “libre voluntad” o definir la libertad como “poder hacer nuestra voluntad”). Ahora bien, con esto no hemos hecho más que empezar, porque: ¿por qué quiere la voluntad lo que quiere? Incluso suponiendo que nuestra voluntad pueda imponerse a las circunstancias externas (la influencia de otros, el entorno cultural, las circunstancias materiales…), ¿por qué quiere  --repetimos-- la voluntad lo que quiere? ¿Qué es lo que la mueve a elegir una determinada opción? Hay personas que piensan que la voluntad quiere lo que quiere por influjo de las emociones, es decir, que lo que queremos hacer es lo que “nos dicta el corazón”. Ahora bien, más allá de la fiabilidad o claridad con que “nos hable” el corazón, la cuestión más peliaguda de resolver aquí es si las emociones son también elegibles libremente o si, por el contrario, lo que nos “dicta” el corazón es, en efecto, una “dictadura” que nos obliga a querer sin remedio esto o lo otro. ¿Qué creéis?... Otra hipótesis es que lo que determina a la voluntad a querer sean determinadas ideas y creencias (sea a través de las emociones o independientemente de ellas – o incluso contra ellas, como cuando decidimos hacer algo que no nos gusta –). Ahora bien, ¿según qué ideas y creencias? Se supone que aquellas que entendemos como más apropiadas o racionales. Pero si elijo de modo racional, lo que hago ¿no es “someterme” a las leyes inflexibles de la razón (de manera que si estimo que A es una decisión más racional que B, no tendré “más remedio” que querer A)? ¿Seré yo individualmente libre en este caso?... Un última hipótesis es que la voluntad se autodetermine por sí misma, es decir, que quiera lo que quiere por pura voluntad ciega, ya movida por algo que no llegamos a comprender (un ser divino), en cuyo caso hablaríamos de la fe (y de una situación heterónoma, en donde difícilmente cabría hablar de libertad), o ya por nada en concreto, por simple capricho o azar (lo cual no parece confundible con la libertad).

¿Somos entonces realmente libres? Si lo somos, tal como la experiencia cotidiana parece indicar, no podemos entender bien cómo. Y si no lo somos, tal como el entendimiento parece corroborar, gran parte de nuestra experiencia existencial, y de las estructuras sociales e ideológicas que hemos construido a partir de ella (sistemas penales, atribución de culpa y responsabilidad, reconocimiento de méritos, dignidad humana…) es ilusoria. Vaya papeleta, ¿no?


viernes, 9 de octubre de 2026

8. El mito del amor



Cuentan que Platón cuenta, en su cuento titulado "El Banquete", como una panda de amigos, durante un banquete bien provisto de vino y alegría, comenzaron a discutir sobre ese tremendo demonio que es el amor. De todo lo que allí contaron os extraigo el cuento que Sócrates contó sobre el nacimiento de Eros, el dios del Amor...

"(...) Cuando nació Afrodita (diosa de la belleza), los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros (dios de la abundancia), el hijo de Metis (diosa de la prudencia). Después que terminaron de comer, vino a mendigar Penía (diosa de la pobreza), como era de esperar en una ocasión festiva, y se quedo cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar -pues aún no había vino-, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acostó a su lado y concibió a Eros. Por esta razón es Eros, por una parte, acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la diosa y es por naturaleza un amante de lo bello. Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es, más bien, duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, buen cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y hábil con las palabras. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia (...)"


¿Qué creéis que nos quiere decir Sócrates con este mito? ¿Qué significa que el amor o el deseo (Eros) sea hijo, a la vez, de la carencia y la abundancia, de la indigencia y la riqueza, de la ignorancia y la sabiduría...? ¿Tiene algo que ver este mito con lo que vosotros pensáis que es el amor?... ¿Y con la filosofía?





Aquí tenéis mi interpretación del cuento. Pero es solo la mía. Y aquí, su versión radiofónica.

7. El ser humano es "el animal insatisfecho"... ¿O no os satisface esta definición?



NO DECÍA PALABRAS (LUIS CERNUDA)





No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.
Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.





SATISFACTION (ROLLING STONES)





¿Qué crees que quiere decirnos el poeta Luis Cernuda con el poema que has leído? Otro escritor, Oscar Wilde, escribió esta frase: "Cuando los dioses quieren castigar a los hombres les conceden lo que desean". ¿Qué crees que quiso decir con ella? 

     ¿Por qué somos tan inconformistas? El hombre parece un ser ambiguo: no es un simple animal, pero tampoco un dios. Esta situación en “tierra de nadie” es, quizás, lo que nos hace ser tan inquietos. Ni los animales ni los dioses (si existen) parecen descontentos con lo que son. Los animales porque no saben todo lo que les falta. Y los dioses porque saben que todo lo tienen. Solo el hombre tiene una noción del todo, siendo tan solo una parte, y por eso no se conforma con nada. Los filósofos románticos pensaban que el ser humano tiene una aspiración trágica a lo absoluto, y en cierto modo tenían razón: existe en nosotros un afán de perfección, de asemejarnos a la divinidad, que no casa con nuestra condición animal. Por ello este afán de infinito se convierte en un infinito afán, siempre imposible de satisfacer. Ahora bien, hay algo misterioso aquí: ¿de dónde le viene al hombre este afán de perfección e infinitud, siendo él mismo tan imperfecto y finito? Una respuesta típica de filósofos (es decir, lógica pero muy rara) es que los hombres somos ya en cierto modo perfectos y divinos, pero que hemos caído en este estado temporal de imperfección en que consiste nuestra vida mundana. Esta antiquísima idea se expresa de forma muy hermosa en un mito inventado por el filósofo Platón, que os contamos en la siguiente entrada... . 


viernes, 2 de octubre de 2026

6. La caverna de Platón

 



Cuenta un viejo sabio (al que los griegos llamaban Platón) que los hombres somos como prisioneros en una oscura caverna. En ella vivimos atados de tal modo que sólo podemos mirar hacia la pared del fondo, en la que aparecen imágenes con voz y movimiento. Es como si desde siempre viviéramos en un cine (o ante un televisor) y solo pudiéramos ver una pantalla en la que constantemente se proyectaran imágenes.

O peor aún, es como si desde pequeños pasáramos el tiempo en aulas como esta, encapsulados en pupitres de forma que solo pudiéramos mirar la pizarra en la que el profesor de turno dibujara y escribiera sin parar… Resultado: creemos que el mundo no es otra cosa que lo que se ve y oye en esa pared (o pantalla, o pizarra)…


Así vivimos todos los humanos -dice Platón- antes de empezar a filosofar: creyendo que el mundo es lo que vemos y lo que oímos que nos dicen desde pequeños… 


¿Pero es así de verdad? Llega un día en que uno se despierta de esa somnolencia que da la penumbra (y el aburrimiento) de la caverna (la tele, el aula…) y comienza a hacerse ciertas preguntas, a discutir lo que le dicen, a no creerse ni hacer las cosas sin más, “porque sí”, o “porque lo dice fulanito”…

Empezamos entonces a descubrir que el mundo que vemos y oímos es raro y contradictorio, injusto, feo (normalmente, empezamos a filosofar cuando nos pasan cosas malas, o cuando nos despabilan aquellos que la gente conoce como "malas compañías"). Y empiezan las preguntas: ¿es la realidad lo que parece? ¿Qué pinto yo aquí? ¿Cómo sé que sé lo que creo saber? ¿No podría ser el mundo más justo, la gente más buena y la vida más bella? ¿Me limito a obedecer, o me atrevo a hacer lo que yo quiera? ¿Pero qué es lo que quiero realmente?... 

Estas y otras mil preguntas invaden al cavernícola que, un día, decide apartar la vista de la pantalla o la pizarra y pensar por su cuenta. Y eso, preguntarnos y pensar por nuestra cuenta, es también lo que queremos hacer aquí: ser unos cavernícolas lúcidos, conscientes, libres y, así, empezar, tal vez, a salir de esa caverna en la que tal vez estamos... 

La filosofía es, en fin, esa manía que nos entra a algunos de querer saber y vivir por nosotros mismos, bajo nuestra responsabilidad, como si dirigiéramos nuestra propia película, abriendo bien los ojos y pensando y haciendo lo que nosotros consideramos verdadero, justo y bello…

El mito de la caverna quiere decir muchas más cosas, pero ya habrá tiempo de analizarlo a fondo. ¿Crees, de todos modos, que podemos añadir algo a lo ya dicho? ¿Qué más creéis que nos revela? ¿Tiene algo que ver con vuestra experiencia cotidiana? 

 




Por cierto, pulsando AQUÍ podéis escuchar el mito en nuestra versión radiofónica.


5. Dudo, luego filosofo...

 

 

Otro rasgo típico de los filósofos es la desconfianza. ¿Qué hay de verdadero en lo que nos dicen (incluyendo lo que no dicen los filósofos o los científicos)? ¿Cómo podemos estar seguros de lo que creemos? 

Todos tenemos la experiencia de equivocarnos, es decir, de creer algo que, según descubrimos luego, no corresponde con la realidad. 

Por otra parte, nuestra mente es una máquina de generar creencias o representaciones (percepciones, imágenes, sueños, pensamientos...), a menudo distintas y contrapuestas. ¿Cuáles serán correctas o verdaderas?... 

Solo los animales y los ingenuos confunden el mundo con lo que creen que es el mundo. A los demás nos corroen las dudas. ¿Hay alguna certeza absoluta? A lo más, la certeza de la propia duda (siempre dudamos, por tanto nuestra duda y nuestra mente si que son ciertas, pensaban San Agustín o Descartes). De todo lo demás, solo sabemos que no sabemos nada (nada seguro). 






Ahora bien, nadie puede vivir en la inopia permanente. La experiencia (del error y la duda) es también la madre de la filosofía y la ciencia. El hombre es desconfiado, duda de las apariencias, de lo que le parece a él o a los demás que son las cosas, pero por eso mismo pregunta, razona y construye teorías sobre lo que podrían ser realmente (teorías que son, de nuevo, una y otra vez, puestas en cuestión). El filósofo no es más que la versión extrema de esta actitud de desconfianza. Se lo cuestiona constantemente todo, y de todo pide explicación. De ahí, quizás, su extravagancia, y su impertinencia...

 


A PENSAR: ¿De qué estas tú absolutamente seguro (de forma que sea imposible ponerlo en duda)? ¿De qué forma podríamos establecer, con toda fiabilidad, que algo que se dice o que pensamos es cierto? “Dudo, luego existo” ¿Cómo se llega a esta extraña conclusión? ¿Por que se dice que los filósofos son "extravagantes" e "impertinentes"?



jueves, 1 de octubre de 2026

4. ¿Es mejor ser un deportista o un emprendedor que un filósofo?


Los viejos filósofos pitagóricos (los primeros que emplearon la palabra "filosofía", allá por el siglo VI a.C.) ejemplificaban con una fábula el papel que, según ellos, tenía la filosofía. Se preguntaban cuál de los tres tipos de persona que van al estadio olímpico (los atletas, los comerciantes que van a vender, y los espectadores) realizaba allí una actividad más propia y digna de un ser humano. Los atletas no -- decían -- pues la actividad que los define (correr, saltar, luchar...) es también propia de los animales. En cuanto a los comerciantes decían que, dado que estos se guiaban por la ley más común de la natura
leza (la de obtener el máximo beneficio al menor costo posible), su actividad tampoco era propia y digna de un ser humano. Solo los espectadores -- concluía la fábula -- hacían algo propio y digno del ser humano, algo que los animales no son capaces de hacer: mirar desinteresadamente el espectáculo. De hecho "mirar" en griego se dice "theorein", palabra que tiene la misma raíz que las palabras "teatro" y "teoría". La fábula no parece tener en cuenta la dimensión estética del deporte, o el ingenio y los elementos éticos que supone a veces el comercio humano, pero sí que destaca lo que tantos pensadores han repetido a lo largo de los siglos: que el ser humano es el único animal capaz de pasarse el tiempo contemplando el mundo, no por nada concreto, ni por obtener algún beneficio material, sino por puro amor al conocimiento (aunque no faltaría quien añadiese que, más que por puro deseo, contemplamos el mundo por la necesidad de saber dónde estamos y qué diablos hemos de hacer aquí). Y esta actividad contemplativa o teórica es la que, justamente, caracterizaría a la filosofía.



Así, la moraleja del cuento es que la filosofía es la actividad más propia y digna de un humano y, por tanto, la que más desarrolla o realiza su humanidad. Y sin embargo, casi nadie se acuerda de ella cuando se habla de educación. Y sí, desde luego, del deporte o de la habilidad para los negocios. ¿No es esto extraño? ¿O el error está en dedicarse a pensar en lugar de hacer cosas útiles? Ahora bien: ¿qué es realmente lo útil? ¿Seguimos pensándolo? (¿O mejor ver un partido de fútbol, o repasar las cotizaciones bursátiles?)








lunes, 28 de septiembre de 2026

3. La píldora de la felicidad

 



Hay muchos motivos para justificar que merezca la pena aventurarse a pensar, y muchos tópicos alrededor del prejuicio que vincula ignorancia y felicidad (¿realmente son tan felices los niños, o tan virtuosa o buena la gente sin mucha educación?), pero quiero, sobre todo, que hagamos este pequeño experimento mental. 

Imaginaos que soy el distribuidor de un nuevo medicamento (aún por legalizar, por lo que habría que llamarlo más bien droga) realmente alucinante, al que llamaré de momento "felicitina". Esta milagrosa sustancia se introduce en el cerebro de quien la toma, descubre allí lo que realmente le hace feliz y produce a continuación una alucinación en la que sucede todo lo que desea. Esta alucinación es perfecta, indistinguible de la vida real, como uno de esos sueños maravillosos de los que nos cuesta trabajo despertar. La píldora no produce efectos secundarios nocivos y es completamente gratuita. Vuestro cuerpo permanecería sano y cuidado en una cámara de congelación. Y para vuestros padres y amigos crearíamos un clon idéntico a vosotros para que no os echaran de menos. 

Podéis probar con una primera dosis, cuyos efectos duran 24 horas. La segunda dosis tiene efectos para toda la vida. Y lo mejor: una vez que toméis la segunda dosis: ¡no vais a acordaros jamás de que habéis tomado la píldora y de que vuestra vida de ensueño no es más que una alucinación!... Pues bien (suponed que estáis completamente seguros de que la pastilla funciona y de que es verdad todo lo que os he dicho). Para tranquilidad vuestra se os aseguraría que el cuerpo se mantendría sano y cuidado en una cámara de congelación, y que para que vuestras familias no os echaran de menos un clon idéntico a vosotros (o la opción de tomar la misma droga y tener una alucinación en la que estuvierais vosotros).  

¿LA TOMARÍAIS O NO? (Y POR QUÉ)...
Para convenceros del todo podéis escuchar este programa de radio

¡¡¡¡Los diez primeros compradores recibirán de de regalo un lote de películas!!!!*
* Las películas son: "Un mundo feliz" y "Matrix". Esta promoción está sujeta a que se consuma primero la píldora y solo se hará realidad en el mundo virtual.