lunes, 26 de octubre de 2026

15. El enigma del Universo. La teoría del Big bang.

 

El Universo en el que vivimos es algo inconcebiblemente grande. Vivimos en el extrarradio de una galaxia perdida entre millones y millones y en mitad de un espacio inmenso que no deja de crecer. En cierto sentido, parecemos totalmente insignificantes. 



¿Pero de dónde ha salido todo esto? ¿Y para qué está aquí?... La teoría cosmológica estándar o teoría del “Big bang” afirma que el Universo es un gigantesco proceso que brotó como una gran explosión hace más de 13.000 millones de años a partir de una extraña "partícula" tan inconcebiblemente densa como pequeña.




La imagen más simple del "Big bang" comienza con una nada. No hay realmente nada, no hay espacio, ni tiempo, ni energía, ni materia... Pero esa nada parece tener un misterioso potencial de existir. Y "entonces", en ningún momento (pues aún no había comenzado el tiempo) ni en ningún sitio (pues aún no se había expandido el espacio), esa nada se convierte en Universo, estalla y comienza la expansión del espacio en el tiempo; toda la energía y, después, la materia, son creadas en ese estallido. En la primera minúscula fracción de segundo el universo se expande (se infla) a una velocidad de vértigo. Unos tres minutos después los átomos comienzan a formarse. Tras 5.000 millones de años se configuran las galaxias. En una de ellas, la Vía láctea, aparece hace más de 4000 millones de años nuestro planeta, y hace menos de 100.000 años nuestra especie. A través de ella el Universo parece haber dado lugar a su criatura más extraña: la consciencia de sí mismo...







La teoría del "Big bang" supone, no obstante, un gran número de problemas filosóficos... ¿Qué causó la “explosión” o emergencia del Universo? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene? Si el Universo es algo que aparece y desaparece, no puede ser él mismo la causa de su existencia (nada que "aparezca" puede hacerse aparecer a sí mismo). Pero si no tiene causa, entonces el Universo es fruto del azar o de la "nada", un "capricho" irracional, algo radicalmente incomprensible... Tal vez hay infinitos ciclos de universos que se expanden y se contraen, pero entonces: ¿Cómo hemos podido llegar a este en el que vivimos y pensamos nosotros (tendrían que haber transcurrido una infinitud de expansiones y contracciones antes de llegar a este universo en que vivimos, pero un infinito nunca acaba de transcurrir)? Además: ¿durante qué tiempo se suceden unos a otros los Universos? ¿En qué espacio se expanden y contraen?... Todo parece demasiado irracional. Pero si el Universo es tan irracional, ¿cómo es que puede explicarse racionalmente a través de las leyes físicas?... Por cierto: esas mismas leyes y teorías físicas: ¿Son también parte del Universo? ¿Son cosas físicas tal como las cosas físicas que ellas mismas explican? Si no lo son, ¿"dónde" están? Y si lo son, ¿cómo pueden aspirar a explicar la totalidad de las cosas si no son más que una minúscula cosa más en mitad del espacio y el tiempo?...


 

- ¿Te parece convincente la teoría del Big bang? ¿Crees que explica el por qué y el para qué de la existencia del Universo? 

- Si pudieras ponerte en comunicación con un extraterrestre más inteligente que nosotros, ¿qué preguntas desearías hacerle acerca del Universo en el que vives?

14. Lo absurdo






Ser libre y autónomo, independizarse, salir del cascarón duele: se equivocas, te sientes responsable de cada decisión, lo pasas mal. El mundo al que uno se asoma, cuando comienza a vivir por su cuenta y riesgo, es un mundo desconocido, imprevisible: no sabes por qué pasan las cosas que pasan. 

El dolor provoca miedo. Lo imprevisible del mundo genera inseguridad. Ante el miedo y la inseguridad solo cabe, como decíamos, el conocimiento. Cuanto más sé, mas puedo controlar mi miedo y disminuir mi inseguridad. 

¿Pero y si las cosas, el mundo, la vida... no se pudieran conocer? ¿Y si fueran, en el fondo, incomprensibles? ¿Cómo nos sentiríamos?

Cuando algo es totalmente incomprensible pensamos que es "absurdo", que carece totalmente de sentido. 

Lo absurdo es lo que carece de causa y de finalidad, de un "por qué" y un "para qué", de "pies" y de "cabeza"... Es lo más raro, extraño o monstruoso que podemos concebir: lo absolutamente inconcebible; eso es lo "absurdo".

¿Qué puede ser absurdo? En el fondo, todo: el universo, nosotros, nuestra vida... 

Si lo monstruoso provoca un miedo superlativo (el "horror"), lo absurdo genera un miedo más allá del miedo, un terror metafísico, una "angustia existencial". La angustia es lo que sientes cuando sabes que nada tiene sentido y que, por tanto, no hay razón alguna para hacer nada, ni siquiera vivir... 





- Escribe una frase absurda.
- ¿Serías capaz de explicar por qué las cuatro primeras imágenes que aparecen debajo son absurdas (si es que lo son)?
- ¿Serías capaz de crear una historia totalmente absurda? Inténtalo.
- ¿Cómo definirías tú el término "absurdo"?
- ¿Qué sentido crees que tiene la existencia de... TODO?











13. El aplomo del sabio


Empezar a ser libres supone desobedecer y cuestionar lo establecido, despertar y abrir los ojos, ser conscientes, pensar, decidir y actuar por nosotros mismos, bajo nuestra propia responsabilidad... Todo esto está muy bien, ¡pero también es muy duro! 

Crecer, salir del cascarón, del sueño de la inconsciencia, del regazo de nuestros padres... ¡duele! En el mito bíblico se simboliza con la expulsión del paraíso donde vivíamos bajo la tutela de Dios. Dios nos expulsa como un padre que echara de su casa a un hijo rebelde, anunciándonos además toda suerte de trabajos y desdichas. Y en efecto: fuera del paraíso (de la infancia) la vida no es fácil. No solo porque tengamos que decidir y responder de todo lo que hacemos (ya no podemos echarles las “culpas” a otro). También porque, de pronto, nos encontramos a la intemperie, desnudos y solos ante un mundo desconocido, en el que andamos continuamente expuestos al error y al dolor. 




Vivir, crecer, generan dolor y, por tanto, miedo. El miedo es el efecto de anticipar imaginariamente el dolor que asociamos, por experiencia (propia o ajena, real o virtual), a la situación o suceso que tememos.   


Pero aunque el miedo es muchas veces nuestro aliado (nos advierte del peligro y nos invita a ser precavidos), otras veces es excesivo y puede impedirnos asumir el riesgo que supone vivir experiencia valiosas. 

Para afrontar ese miedo excesivo hay que tener valor. Y la valentía (que no es carecer de miedo, sino controlarlo para que no nos bloquee) está necesariamente ligada al conocimiento. Parece obvio que la persona que cree conocer las causas del sufrimiento al que se expone (y, por tanto, la mejor manera de evitarlo o paliarlo), se enfrentará con mayor arrojo a la situación potencialmente peligrosa. Recordad que no es lo mismo el valor que la temeridad (esta es efecto de la inconsciencia o desconocimiento, y dura lo que tarda el temerario en sufrir el primer golpe)... 




De otro lado, en el mundo parece haber muchos acontecimientos que no controlamos, y cuyos efectos pueden ser fatales para nosotros (catástrofes naturales, enfermedades, accidentes...). Es por ello que a veces nos sentimos seres a merced de la suerte. Esto genera una gran inseguridad. Inseguridad que impulsa a muchos a usar amuletos, o a rezar y confiarse a un ser supuestamente más poderoso que él...  


Pero también hay gente que se empeña en conocer y descifrar las causas de lo que nos parece “accidental” o “azaroso”, para que así deje de serlo. En este caso, el conocimiento sería un seguro para sentirnos más seguros y controlar mejor la inseguridad que inspira la vida...



A PENSAR: ¿Qué es para ti el miedo? ¿Es bueno o malo tener miedo? ¿Qué tiene que ver ser sabio con ser valiente? Muchas cosas que nos pasan parecen incontrolables. ¿Qué es mejor hacer ante ellas: rezar, llevar un amuleto, o quizás conocerlas mejor? ¿En qué consiste, por cierto, que algo ocurra por pura suerte o azar?








jueves, 22 de octubre de 2026

12. Ética para noruegos



Algunos de mis alumnos de Ética se escandalizan cuando les hablo del sistema penitenciario noruego: condenas muy breves, prisiones que parecen pueblos idílicos, presos que, además de estudiar o trabajar, esquían, pasean en bici, cocinan o usan el ordenador en espaciosas celdas individuales a las que acceden con su propia llave... Como el objetivo fundamental es la rápida reinserción de los reclusos, se les permite vivir casi como si estuvieran en libertad. Mis alumnos no dan crédito. Cuando añado que el índice de reincidencia en Noruega es el más bajo del mundo (un 20%, a diferencia de países como EEUU, donde llega al 76%), algunos se muestran indignados. «Sí –me dicen–, es posible que el sistema noruego sea más eficaz; pero no es justo». «¿Por qué? –les pregunto yo–». «Muy sencillo, profe: porque los criminales tienen que sufrir, tal como han hecho sufrir a los demás».
Estas dos ideas de justicia, la «ley del talión» que citan mis alumnos, y el principio de reinserción de las cárceles noruegas, no solo están en las antípodas en cuanto a cómo hay que responder al mal (con lo mismo –la venganza–, o con lo otro –el bien de rehabilitar al preso–), sino también en cuanto a cómo interpretar ese mismo mal. 

¿Qué crees tú: hay que priorizar la llamada ley del talión o el principio de reinserción? Antes de responder realiza el ejercicio n.º 4 (lo encontrarás en la columna de la izquierda, en la sección "Ejercicios").







lunes, 19 de octubre de 2026

11. ¿Hay una ciencia de lo bueno, lo justo y lo bello?


Parece lógico pensar que para ser bueno, o justo, o un gran artista, hay que saber antes en qué consisten el bien, la justicia o la belleza ¿No es así?... ¿Pero se pueden saber estas cosas? ¿Cabe concebir una ciencia de lo bueno o de lo justo o de la belleza misma? ¿Hay algún experimento o prueba lógica que permita (por ejemplo) decidir si el aborto o la pena de muerte son o no aceptables? ¿Podríamos demostrar científicamente que la democracia es mejor que la tiranía? ¿Podría un sabio experto dictaminar que Goya es mejor artista que Picasso?... La mayoría de la gente responde a estas preguntas con un rotundo "no". Suele pensarse que en cuestiones morales, políticas o estéticas cada cual tiene su opinión, y todas son igualmente respetables. Se cree que no hay nadie que sepa más que los demás (en política, por ejemplo, cada voto individual vale lo mismo). En este sentido, algunos se quejan de que en el Instituto se den clases de ética, y que en ellas se razone acerca de lo bueno y lo malo ¡Esto no es un asunto público y racional -se dice- sino privado, subjetivo, relativo a las creencias de cada individuo y su familia! ¿Quién es nadie para decirnos lo que es bueno, justo o bello?...

Ahora bien. Si lo bueno o justo es según cada uno. ¿Podríamos objetar moralmente algo al que asesina o discrimina a las mujeres? (Para el que lo hace es algo bueno). ¿Podríamos tildar de injusto a un tirano? (Para el tirano su forma de gobernar es justa). Si lo bello es según el gusto de cada uno: ¿Podríamos decirle algo al director de un museo si sustituye los cuadros de Goya por los dibujos de su hijo pequeño? (A él le pueden parecer más bonitos los de su hijo). La respuesta parece ser: no. De hecho, si en la cuestión de lo bueno, lo justo o lo bello no hubiera criterios comunes y toda opinión fuera válida, ni siquiera discutiríamos (como hacemos continuamente) sobre estas cosas. ¿Para qué? Nadie estaría equivocado, pues no habría un referente objetivo con que comparar cada opinión, así que todo sería malo y bueno (o qué mas da) a la vez. De entrada, si las palabras "bueno" y "malo" significan algo diferente para cada persona, ¿cómo podríamos entendernos? ¿Incluso qué sentido tendría la frase "lo bueno es diferente para cada persona", por la que asumimos que lo bueno es algo que todos entendemos -- es lo mismo para todos -- como diferente para cada uno? ¿No parece absurdo o contradictorio? 


¿Qué pensáis de todo esto? ¿Los asuntos morales, políticos y estéticos son irracionales y, por tanto, no cabe ningún saber racional sobre ellos (se los dejamos así a la religión o a las opiniones y emociones de cada cual)? ¿O por el contrario cabe una ciencia sobre tales asuntos, de forma que se pueda demostrar racionalmente lo que es bueno, justo y bello? Esto último es lo que pretende a veces la filosofía como saber "axiológico", es decir, cuando se vuelve "ética", "filosofía política", "estética filosófica"... ¿Tiene sentido esta pretensión de la filosofía?

Sobre el problema del relativismo moral y cultural puedes escuchar nuestros programas de radio pulsando aquí y también pulsando aquí.


domingo, 18 de octubre de 2026

10. Corazón de Oro contra el Doctor Infierno. ¿Es la bondad un asunto del corazón o de la cabeza?

Dicen que los simples e inocentes (es decir, los más ignorantes) son buenos. Los niños son buenos, dicen, hasta que los estropeamos los mayores y les enseñamos lo que no deben. Los nativos de las culturas más primitivas son buenos y puros, dicen, hasta que llegan los malvados colonizadores y les corrompen. Los hombres rudos y sencillos del campo son buenos, dicen, hasta que la civilización destruye su ancestral modo de vida… Ya lo cuenta el mito de Adán y Eva (y tantos otros): el hombre es bueno hasta que, pretendiendo saber más de la cuenta, deja de obedecer a los dioses y hace aparecer el mal y el pecado en el mundo... Al fin y al cabo, la bondad parece que es asunto del corazón. Y el que empieza a darle demasiada importancia al saber y la inteligencia pierde ese camino al que le conducían, sin pensarlo, sus emociones más puras, y se vuelve soberbio, ambicioso y malvado, como esos diabólicos seres de los cuentos y películas que ponen su inteligencia al servicio del mal…

¿Qué dirías tú? ¿Hay que ser sabio, inteligente, culto y sofisticado para ser bueno, o basta con tener un corazón de oro? ¿Qué hay de verdad (o de mito) en eso de que el niño, o el nativo, o el hombre del campo son, por lo general, bondadosos y nobles?




ACTIVIDADES.


1. ¿Se puede ser bueno sin saber, de forma consciente, crítica y reflexiva, qué es lo bueno?
2. ¿Has oído hablar del "mito del buen salvaje"? ¿Qué opinas al respecto?
3. ¿Saber lo que es bueno para uno mismo tiene relación con conocerse bien a sí mismo?
4. ¿Hay que ser sabio para ser bueno con los demás? ¿O es más bien cuestión de tener buen corazón?
5. ¿Tiene algo que ver el hacer el bien con conocer cómo es el mundo y cómo son los demás? ¿Por qué?
6. ¿Serán las personas con conocimiento e inteligencia más propensas al mal? ¿Y eso?

viernes, 16 de octubre de 2026

9. ¿Podemos ser libres? ¿Qué relación tienen la libertad y la filosofía?

 


Crecer, desarrollarse como seres humanos tiene mucho que ver con ser libres y autónomos, es decir, con pensar y decidir las cosas por nosotros mismos, dignamente, como los seres racionales que somos, en lugar de limitarnos a obedecer órdenes o ser utilizados como marionetas por otras personas (en ese caso nos comportaríamos de forma heterónoma, que es lo contrario de ser autónomos).

Ahora bien, ¿en qué consiste concretamente ser libres? La cultura nos da en ocasiones una visión infantil y falsa de la libertad, según la cual ser libre consistiría en hacer lo que queramos sin encontrar obstáculos (casi como si fuéramos omnipotentes). Además, suele confundirla con una suerte de sensación o estado emotivo, ligado casi siempre al placer, el juego, el viaje exótico, el consumo de ciertos objetos de lujo, etc. Esto es muy discutible. La libertad no es una emoción (no solemos escoger las emociones que tenemos), ni consiste en hacer simplemente lo que quieras, a no ser que seas tú quien mande en tu querer. Y no encontrar obstáculos tampoco es muy relevante, dado que siempre, por muy poderosos que seamos, vamos a encontrar obstáculos y limitaciones…

¿Qué es entonces la libertad y qué relación tiene con el saber y la filosofía?  

En un primer análisis, ser libres parece tener que ver con dos factores: (a) la posibilidad de escoger y (b) que la elección sea autónoma, es decir, realmente nuestra. El primero siempre está presente: no hay circunstancia, por condicionante que sea, en la que no parezca que podamos decidir entre varias opciones. Diríamos, en este sentido, que aunque no seamos omnipotentes, (no tenemos infinitas opciones), siempre tenemos al menos dos. Por esto decía el filósofos Jean Paul Sartre que los humanos estamos condenados a ser libres (es decir: que no podemos decidir no decidir, o eso parece) … El segundo de los factores parece más problemático, pero mucho más interesante. Decir que ser libres consiste en que la elección sea realmente “nuestra”. Es decir, que seamos nosotros los que efectivamente elijamos lo que nos parezca mejor (esto de “mejor” es, por cierto, lo que entronca el problema antropológico de la libertad con el problema ético del bien, pero este asunto lo dejamos para el siguiente capítulo).

En cuanto a la relación de la libertad con el saber y la filosofía, esta no es difícil de establecer en principio. En primer lugar, cuánto más conocimientos y sabiduría tengamos más capacidad tendremos para imaginar posibilidades (cursos de acción diferentes, distintas respuestas a un problema, etc.). Y, en segundo lugar, cuanto más “filósofos” seamos más nos empeñaremos en la tarea de someter a reflexión crítica las ideas en que hemos sido educados y establecer nuestros propios criterios y normas de decisión (nuestro propio sistema de ideas y valores), y es en esto último en lo que parece que consiste lo de “ser autónomos”.

Hasta aquí lo más fácil. Ahora, como buenos filósofos y filósofas, hemos de poner todo esto en cuestión.

Empecemos por preguntarnos si podemos realmente escoger entre opciones. Para ello imaginaos el siguiente ejemplo: que curioseando en una librería de viejo encontrara de repente un extraño volumen: una biografía, escrita por un autor anónimo, titulada justo con mi nombre. Algo así como “Víctor Bermúdez: su vida”. Imaginaos que empezara a leerla y observara, atónito, que describe a la perfección mi vida hasta el momento, justo, en que entraba en esa librería de viejo, encontraba ese extraño libro y, ante la sorpresa que me causaba, me daba un infarto y moría… ¿Es verosímil esta historia? ¿Es posible?  ¿Qué creéis que me pasaría realmente si llegara a encontrar un libro así?... Que todo esté escrito es una vieja idea, ¿pero cuanto tiene de racional? Pensemos. Si todo en el universo está regido por leyes, como presume la ciencia, cada una de nuestras acciones podría predecirse tal como se calcula el paso de un cometa. O, como diría un teólogo: tal como prevería un dios omnisciente. Y no hay ateísmo ni probabilismo al que agarrarse: si la libertad fuera hija del azar, seríamos tan «libres» como… la ruleta de un casino… Una buena imagen, aunque algo tosca, de este determinismo es el de uno de estos juegos en el que se simula el “efecto dominó”. Así, podríamos suponer que cada una de las fichas del juego fuera como una de nuestras acciones (y nuestra vida entera la secuencia de caídas, ficha tras ficha, desde el principio al final). ¿Podría, alguna de ellas, haber sucedido de otro modo de cómo sucedido en ese momento y lugar? A esta teoría se le llama , por cierto, “determinismo”. Antiguamente se creía más en un determinismo divino (todo lo mueven los hilos de la Parca); pero hoy es más corriente el determinismo materialista, que dice que, puesto que todos nuestros movimientos están regidos por leyes mecánicas, la libertad es una ilusión fruto del desconocimiento de todas las leyes que nos determinan. Ahora bien, si la libertad parece algo tan ilusorio ¿por qué la experimentamos tan firme y continuamente?

Vayamos ahora a otro problema: el problema del libre albedrío. Hemos dicho que la libertad, además de suponer una pluralidad de opciones posibles, implica que las decisiones sean autónomas, es decir, que sean tomadas por nosotros mismos o, por ser más preciso, por nuestra propia voluntad. Ser autónomo consiste en decidir y actuar por nuestra propia voluntad. De hecho, es en la voluntad donde se sitúa comúnmente la libertad (así, es común hablar de “libre voluntad” o definir la libertad como “poder hacer nuestra voluntad”). Ahora bien, con esto no hemos hecho más que empezar, porque: ¿por qué quiere la voluntad lo que quiere? Incluso suponiendo que nuestra voluntad pueda imponerse a las circunstancias externas (la influencia de otros, el entorno cultural, las circunstancias materiales…), ¿por qué quiere  --repetimos-- la voluntad lo que quiere? ¿Qué es lo que la mueve a elegir una determinada opción? Hay personas que piensan que la voluntad quiere lo que quiere por influjo de las emociones, es decir, que lo que queremos hacer es lo que “nos dicta el corazón”. Ahora bien, más allá de la fiabilidad o claridad con que “nos hable” el corazón, la cuestión más peliaguda de resolver aquí es si las emociones son también elegibles libremente o si, por el contrario, lo que nos “dicta” el corazón es, en efecto, una “dictadura” que nos obliga a querer sin remedio esto o lo otro. ¿Qué creéis?... Otra hipótesis es que lo que determina a la voluntad a querer sean determinadas ideas y creencias (sea a través de las emociones o independientemente de ellas – o incluso contra ellas, como cuando decidimos hacer algo que no nos gusta –). Ahora bien, ¿según qué ideas y creencias? Se supone que aquellas que entendemos como más apropiadas o racionales. Pero si elijo de modo racional, lo que hago ¿no es “someterme” a las leyes inflexibles de la razón (de manera que si estimo que A es una decisión más racional que B, no tendré “más remedio” que querer A)? ¿Seré yo individualmente libre en este caso?... Un última hipótesis es que la voluntad se autodetermine por sí misma, es decir, que quiera lo que quiere por pura voluntad ciega, ya movida por algo que no llegamos a comprender (un ser divino), en cuyo caso hablaríamos de la fe (y de una situación heterónoma, en donde difícilmente cabría hablar de libertad), o ya por nada en concreto, por simple capricho o azar (lo cual no parece confundible con la libertad).

¿Somos entonces realmente libres? Si lo somos, tal como la experiencia cotidiana parece indicar, no podemos entender bien cómo. Y si no lo somos, tal como el entendimiento parece corroborar, gran parte de nuestra experiencia existencial, y de las estructuras sociales e ideológicas que hemos construido a partir de ella (sistemas penales, atribución de culpa y responsabilidad, reconocimiento de méritos, dignidad humana…) es ilusoria. Vaya papeleta, ¿no?