martes, 16 de abril de 2013

El animal obsexo


El ser humano parece un animal especialmente predispuesto y dotado para el sexo. Las razones para esta “hipersexualidad” parecen claras. Según algunos antrópologos, dado el prolongado embarazo de la hembra humana, así como los largos años de constantes cuidados que requieren sus crías, una mujer sola tendría menos probabilidades de sacarlas adelante que otra apoyada por uno o más machos adultos. ¿Como consigue la hembra el apoyo constante del macho? Fácil. ¡Ofreciéndole sexo! No parece casual que las hembras humanas sean las únicas que no tienen celo (están siempre receptivas), o que disponen de rasgos físicos permanentes cuya única función es la de servir de estímulo sexual: los senos (siempre hinchados), el grosor de los labios, etc. (A esto hay que añadir los rasgos aniñados típicamente femeninos -menor tamaño, ausencia de vello, voz aguda-- que en los mamíferos parecen despertar un cierto "instinto" de protección y ternura).


El uso del sexo como instrumento de cohesión “intra-familiar” fue seguramente usado, a la vez, como instrumento de cohesión “inter-familiar”: los vínculos sexuales duraderos entre miembros de distintos grupos (los hijos de uno se unen a los hijos del otro grupo) aseguraría una mayor cooperación entre ambos y, eventualmente, la creación de grupos sociales más amplios (para algunos antropólogos, la prohibición del incesto y la obligatoriedad de la exogamia está en el origen de la sociedad y la cultura). Todo esto representa una gran ventaja adaptativa, dado el valor del "trabajo en equipo" en tareas que, como la caza, la defensa, etc., fueron decisivas para nuestra supervivencia.

El sexo es, por tanto, esencial para los humanos, sobre todo, como medio para asegurar la cooperación en tareas que, como la crianza y la búsqueda de recursos, son especialmente costosas para un solo individuo.

Y sin embargo, el sexo es una de las cosas que más tabúes y normas represivas acumula en muchísimas culturas. Por ejemplo: la virginidad prematrimonial que se exige a veces a la mujer. O, directamente, la limitación de su placer sexual (para eso parece practicarse la ablación de clítoris). O el valor que se da a la castidad y la contención sexual (y la culpabilización de la expresión desinhibida de la sexualidad: se tacha con desprecio a ciertas personas de obsesos, ninfómanas, adictos al sexo, etc.). 
O la prohibición de la homosexualidad (que aunque no sirve a la reproducción, sí a la creación de lazos cooperativos entre personas). O las sospechas morales que despierta todo lo vinculado al erotismo, o al comercio sexual (la prostitución, la pornografía, etc.). O la “protección” a los menores de todo lo relativo al sexo (incluso de la información más básica relativa al mismo). Etc., etc...

¿POR QUÉ CREES QUE HAY TANTOS TABUES, NORMAS REPRESIVAS Y TANTA CULPABILIZACIÓN MORAL EN RELACIÓN AL SEXO?


(Gracias a Juan Antonio Negrete por las dos primeras fotos. Os recomiendo también en su blog Cavernisofía, la entrada "Tertulia quinta (pentertulia). El sexo ¿la naturaleza prohibida?")

lunes, 15 de abril de 2013

La caverna de la caverna. El arte como acceso a la autoconsciencia.



Dicen algunos antropólogos que la más clara diferencia observable entre nuestros más cercanos parientes homínidos y nosotros es el ARTE. Por ejemplo, las pinturas rupestres, esas representaciones de animales y otros seres que nuestros abuelos plasmaron en las paredes de sus cuevas.  Bonito, ¿verdad? ¿Y no será inevitable (para unos poéticos cavernícolas como nosotros) relacionar este cuento con ese otro que nos legó Platón: el mito de la caverna? Especulemos, como si fuéramos espeólogos de nosotros mismos, sobre esta caverna que habitamos...

El hombre se distingue del animal por su capacidad REFLEXIVA y ESPECULATIVA. Somos conscientes del mundo que nos rodea, pero también de nuestra propia conciencia; pensamos en nuestros pensamientos (en eso consiste reflexionar). Y precisamente por ello somos capaces de distinguir entre el pensamiento y lo pensado, entre la representación y el mundo, entre nuestra mente y la propia realidad... Ahora: dado que distinguimos entre lo que tenemos en la cabeza y lo que sea la realidad, podemos dudar de la certeza de lo primero y especular acerca de lo segundo. Esta es la condición de nuestra condición humana, caracterizada por la DUDA y la ESPECULACIÓN.. En otras palabras: podemos sospechar del carácter aparente de lo que inmediatamente percibimos y construir teóricamente otros mundos hipotéticamente más verdaderos. Esta es la situación “trans-cavernaria” del hombre, su más honda y maravillosa característica: desconfiar del "más acá" de la apariencia y preguntarse por el "más allá" de lo verdadero . Y en este viaje filosófico consiste, según el viejo símil platónico, su tránsito de la caverna (la apariencia, la inmediatez sensible) al Sol del conocimiento (la realidad, la evidencia racional).

 
¿Y en qué contribuye a esto la representación de unos animales en las paredes de una cueva? En primer lugar, la exteriorización de las representaciones mentales tal vez pueda ayudar a hacernos más plenamente conscientes de las mismas. Cuando el “artista” paleolítico plasma en la pared lo que tiene en su imaginación o en sus recuerdos, está objetivándolo, tomando distancia con respecto a ello, y creando así condiciones óptimas para asumir sus propias representaciones como objeto de conocimiento, es decir, creando condiciones para la autoconsciencia. Imaginemos a esos primitivos hombres preguntándose qué tipo de bisontes eran esos pintados en la pared, en qué se distinguían de los que cazaban fuera de la cueva, de dónde y como habían aparecido...

Naturalmente, debemos suponer que este fenómeno de toma de consciencia de las propias representaciones está igualmente ligado al lenguaje. Escuchar una secuencia de sonidos que signifique, por ejemplo, “estas son huellas de bisonte”, es algo tan diferente a las propias huellas visibles, que parece inevitable pensar en la distinción entre un mundo de signos relativo a nuestra mente y nuestra cultura, y otro mundo de objetos reales referido por el primero. Cuando más si, al expresar u oír la expresión simbólica esta era corregida por nuevas percepciones y/o por las indicaciones verbales de otro. Imaginad que nos decían: “estas NO son huellas de bisonte, te has equivocado”, y que tras mirar de nuevo admitíamos nuestro error. ¿No sería lógico preguntarse entonces dónde estaban entonces esas huellas de bisonte que creíamos percibir? ¿Y no sería lógico responder: estaban en mi mente, no en el mundo, y admitir, por tanto, que hubiera como dos lugares o realidades distintas: mi mente y el mundo?

     

La eclosión, en fin, de la competencia representacional (un lenguaje oral más rico en símbolos y más complejo; y la exteriorización de códigos representacionales a través de pinturas y gráfismos, tatuajes, adornos corporales, objetos significativos, etc.) fue, tal vez, lo que determino la distinción consciente entre representación y mundo, y lo que creó, así, la condición para dudar de nuestras representaciones inmediatas (que están en mi mente, o en mi lenguaje, y a veces son erróneas) y preguntarnos por lo verdaderamente real (buscando representaciones correctas y objetivas).

Este no es el único paso, claro está, en esa compleja ascensión desde la oscuridad de la preconsciencia y la ignorancia a la luz del conocimiento. Una vez asentada la desconfianza hacia las representaciones primarias (las percepciones inmediatas), nos tocó sembrar la duda en las propias representaciones simbólicas. PINTAR o hablar de bisontes es la llave (o una de ellas) para que dudemos del carácter de lo que vemos. Pero PENSAR en (y con) nuestros grafos y palabras es la clave para el hacer y el deshacer especulativo acerca del carácter de lo real mismo.

Si esto fuera así, resultaría paradójico que la forma de disolver el espejismo primario, las imágenes de la caverna platónica, fuera plasmarlas pictóricamente en la misma pared, creando imágenes de imágenes. Imágenes eso sí (las pictóricas) mejoradas: más conscientes, más bellas, propicias y coherentes, en suma, más reales (o ideales, lo que, para Platón, es lo mismo).

En fin. Lo originario (lo más primitivo e imperfecto) es la mera VISIÓN (a esto corresponden las imágenes del fondo de la caverna en el mito platónico); el protohombre, el hombre-animal u hombre-niño, no distinguen entre su visión y el mundo (son para él lo mismo).

 Sobre la mera visión aparece algo menos originario (más avanzado y perfecto): la representación consciente, la imaginación, EL ARTE. El cavernícola se pone en acción, se levanta y objetiva pictóricamente su subjetividad visionaria en la pared de su cueva, duplica estéticamente el mundo (la pintura y lo pintado, lo objetivo y lo subjetivo, lo parecido y lo disímil, lo bello y lo feo…), y dónde hay dualidad la lógica aflora a la consciencia como duda, como resistencia a lo doble y contradictorio, y cómo búsqueda de identidad (¿qué mundo es el real, que representación es la verdadera, apropiada, bella?).

Tras esto, la espeolológica aventura humana se acelera. Sobre la representación y el símbolo aparece el PENSAMIENTO TEÓRICO Y ESPECULATIVO, la torsión o re-flexión del cavernícola pre-liberado por el arte y su mundo simbólico hacia el ámbito de las cosas mismas (los significados o ideas, diría Platón) y, tras él, hacia la razón última y fundante de tales cosas o ideas.

Ya decía Platón que el artista está alejado dos veces de la realidad. Sus imágenes son copias de copias, pues no son sino una copia pobre de las cosas mismas –es decir: de sus ideas—, que a su vez no son sino una imagen o signo de lo que les presta realidad –la perfecta y pura Identidad—. Pero aún más alejada está la simple visión o percepción, la pura subjetividad inconsciente del animal.

¿SERÍA ASÍ EL ARTE EL ESLABÓN ENTRE NUESTRA INFANCIA ANIMAL Y NUESTRA HUMANA MADUREZ? ¿El paso –adolescente- que hay entre la simple inconsciencia de los inicios, y la reflexión y especulación racional posterior? ¿NO ES ESTO LO QUE PODRÍA DECIRNOS ESTA BELLA HIPÓTESIS ANTROPOLÓGICA?
  


viernes, 5 de abril de 2013

¿Quién te crees que eres, hombre?


Para mí que hay cuatro maneras de definir al hombre, es decir, cuatro creencias antropológicas básicas acerca de lo que somos.

Las dos primeras (a las que podemos llamar, en general, antropologías materialistas) conciben al hombre como un ser fundamentalmente biológico y cultural. Desde su perspectiva somos no más que animales sociales.

Para la primera (el naturalismo antropológico) toda conducta humana debe poder explicarse en función de leyes naturales (físicas, químicas, biológicas y psicológicas); incluso la conducta social y cultural obedecería a leyes puramente biológicas (pues desde esta perspectiva la sociedad y la cultura son también fenómenos naturales propios de animales sociales como el hombre). 




Para la segunda (el culturalismo antropológico) muchas conductas humanas (la forma de adornarse, los rituales religiosos, las creencias de todo tipo…) solo parecen explicarse desde leyes, reglas, normas, patrones de conducta socio culturales e históricos. Así que el hombre sería una mezcla entre lo natural (común a la especie) y la cultura en que se ha educado (distinta para cada sociedad y época).



Las otras dos formas de definir al hombre (a las que podríamos llamar, en general, antropologías espiritualistas) lo conciben como un ser fundamentalmente moral y racional. Desde esta perspectiva, los seres humanos nos caracterizamos como personas morales y racionales.

Para la primera (a la que no sé como llamar, voluntarismo o moralismo antropológico o algo así) el hombre se caracteriza por ser capaz de comportarse contraviniendo sus instintos (las leyes biológicas) e incluso las normas de su cultura, por ejemplo cuando sacrifica su vida por una idea o cuando se opone a las costumbres de su sociedad. Parece que, en estos casos, su conducta está guiada por leyes o principios morales distintos tanto de las leyes naturales como de las leyes o pautas culturales. El hombre es, pues, un ser moral, capaz de moverse por principios incluso por encima de sus intereses biológicos y su educación cultural. (Aquí en los videos tenéis dos ejemplos clarísimos de esto)







Para la segunda (a la que podríamos llamar racionalismo antropológico), lo que caracteriza al ser humano es el tipo de conducta que busca el conocimiento, la verdad, más allá de que esto sea o no útil para la supervivencia, la reproducción, etc., más allá de las creencias particulares de cada cultura, y más allá de las leyes o principios morales (pues estos mismos sólo pueden basarse en el conocimiento de lo que es verdaderamente bueno y justo)…



Así pues (resumo) habría cuatro definiciones básicas del hombre:
(a)   El hombre es un ser natural,  un animal especialmente complejo, pero nada más que un animal.
(b)    El hombre es un ser cultural, entendiendo a la cultura como algo diferente a la naturaleza (aunque emerja a partir de ella).
(c)   El hombre es un ser moral, libre, capaz de imponer su voluntad sobre los instintos y sobre toda norma cultural.
(d)   El hombre es un ser racional, capaz de someter todo su comportamiento (natural, cultural, moral) a criterios lógicos o racionales.

Si alguien encuentra una definición que crea verdadera y que no encaje con ninguna de estas cuatro me hará un hombre nuevo... Ahora, supuestas estas cuatro, ¿cuál creéis que es la más correcta?  Para saberlo os sugiero que antes contestéis a las siguientes preguntas:

(1) ¿Es toda nuestra conducta cultural, moral y racional explicable como un producto de la evolución de nuestra especie? Si la respuesta es “sí”, la definición correcta es (a).
(2) ¿Es lo cultural algo cualitativamente distinto de lo natural (aunque lo cultural emerja de lo natural)? ¿Son la moral y el conocimiento (es decir, la bondad y la verdad) relativos a cada cultura, de manera que lo bueno y lo verdadero dependen de cada sociedad, época e individuo (no son universales)? Si la respuesta es “sí” a ambas preguntas, la definición correcta es (b).
(3) ¿Es la moral (lo bueno y malo) algo distinto de "lo que conviene/no conviene" a la especie, o de lo que nos han enseñado como "bueno/malo" en nuestra cultura? ¿Es imposible averiguar lo que es bueno y malo por medios puramente lógicos o racionales? Si la respuesta es "sí" a ambas preguntas, la definición correcta es (c).
(4) ¿Es nuestro conocimiento racional del mundo y de nosotros mismos lo que justifica que califiquemos algo como “bueno”, que aceptemos o no las normas culturales y que sigamos o no nuestros instintos? Si la respuesta es “sí”, la definición correcta es (d).


¿Qué pensáis vosotros? ¿Cuál de las cuatro definiciones de ser humano es la correcta? (Supuesto que no haya otra, distinta de esas cuatro, que sea la verdadera)




martes, 2 de abril de 2013

¿Quién te crees que eres, animal?


¿Eres un animal que todo lo haces por afán de sobrevivir y reproducirte (¡siempre pensando en lo mismo!)? ¿No es eso la gente? ¿No es cierto que vive para trabajar para vivir y para tener hijitos que hagan lo mismo, como las abejas o las ovejas? ... Bueno, también para triunfar y tener poder, claro, como pasa en cualquier manada de monos. Decía alguien (y esto va por los machos) que la vida es, en el fondo, no más que una lucha por la hembra. Decía otro (y esto va por las hembras) que una mujer no se realiza del todo si no atiende la ancestral llamada de su instinto maternal. ¿Es que acaso no es así?

Bueno, hay que reconocer que los animales humanos hacen otras cosas muy raras: cultivan la tierra, fabrican tractores e inodoros, mandan a sus crías a la universidad, mueren por defender a su patria, y adoran ídolos de madera durante la Semana Santa (Y el colmo de la rareza: !Les da por discutir sobre todo esto en blogs como este!...). Si que es raro, sí. Pero hay que reconocer que algunos animalitos también fabrican sus utensilios (como esos chimpancés tan monos que convierten ramitas de árbol en cañas de pescar termitas), y que educan a sus criaturas (para que sean buenos cazadores), y que luchan y mueren por defender su patria (quiero decir su territorio), y que... Bueno lo de la religión y la filosofía, no sé, quizás todavía no hablan de esas cosas, pero hablar sí que hablan, con su propio lenguaje, y hasta cantan, como nosotros, cuando no tienen nada mejor que hacer. Si no escuchad...



Solemos pensar que sólo nosotros somos buenos o malos, que sólo nosotros tenemos "moral". Pero todo el mundo sabe que las gacelas y bichos así (así de sociales, como nosotros) se sacrifican generosamente por la manada cuando es menester: viene el león, y las gacelas más viejas parece que se dejan comer para que huyan las más jóvenes. ¿No es para ponerles un monumento o el nombre de una calle?.. Hombre, es verdad que no son libres para elegir si lo hacen o no. ¿Pero acaso nosotros lo somos? ¿Quién duda que seamos mecanismos biológicos producto de la evolución natural y, como tal, obligados a comportarnos tal y como lo hacemos? Simplemente, no nos damos cuenta de esto, y creemos (ingenuamente) que somos libres...



Y en el colmo de la soberbia más antropocéntrica decimos que sólo nosotros pensamos y tenemos consciencia. ¿Habrase visto? ¿Es que un pobre caballo no calcula y compara la altura de la cerca que ha de saltar antes de hacerlo? ¿Por qué se para, si no, ante las que cree que no puede saltar? ¿No tiene, entonces, el caballo consciencia de su cuerpo y de sus fuerzas?...

Así que: somos animales, todo lo complicados que queráis, pero animales. Somos un cuerpo con un cerebro hipertrofiado cuya principal función es informarnos, a través de las sensaciones, de cómo es el mundo al que tenemos que adaptarnos. Y lo que nos va, como a todo animal, es vivir. Y alimentarnos, y juguetear, y poseer todos los recursos posibles compitiendo por ellos, y ser los más fuertes. Y, antes de acabar, entregarnos a la placentera tarea de reproducirnos (eso que los cursis llaman amor, cuando quieren decir sexo)... ¿O no?



¿Qué dices? ¿No estás de acuerdo? ¿Hay algo en tí que no obedezca en el fondo a los mismos mecanismos y leyes biológicas que dirigen la conducta de los monos o los abejorros? ¿Eres un animal o no? ¿Qué puedes hacer que no pueda llegar a hacerlo un bicho (aunque sea en un grado mínimo)? Piénsalo.

viernes, 22 de marzo de 2013

¿Qué realidad tiene lo que no es real (pero lo parece)?



Supongamos que la filosofía más parmenídea y platónica está en lo cierto. Lo real es absoluta Unidad, sin rastro ya de extensión ni de cambio. Una pregunta obvia es entonces: ¿y qué pasa con “este mundo” que veo y que parece a todas luces plural, extenso, corpóreo, cambiante, temporal...?

Una respuesta típica de este tipo de filosofías monistas es que “este mundo” es mera apariencia, una creencia errónea, un sueño o ilusión (una creación mágica o “mâyâ”, como se dice en el advaita vedânta, una antiquísima escuela de filosofía hindú).
Y este mundo es una creencia errónea no sólo porque las ideas de espacio y tiempo (de pluralidad, extensión, cambio, etc.), sean lógicamente inconcebibles (como se expuso en entradas anteriores), sino porque es igualmente erróneo que veamos nada así. Más bien parece que lo vemos. Nuestra experiencia sensible es pura ilusión. ¿O hay alguien por ahí que reconozca haber visto el espacio o el tiempo?

Ahora bien supuesto que el mundo que nos parece ver es ilusión, ¿no es REAL esta ilusión como tal ilusión? Si así fuera, el monismo sería falso: la absoluta unidad tendría que compartir realidad con eso que llamamos ilusión o apariencia. ¿Puede escapar el monismo a esta objeción? Veamos (quiero decir, pensemos).

¿Qué realidad tiene la apariencia? El monista replica: realmente, ninguna. Lo aparente es lo que “parece ser”, no “lo que es”. ¿Y esta apariencia de ser no es de algún modo? Sí, repite el monista: es de modo aparente, es aparentemente apariencia. Y así hasta... La apariencia es siempre apariencia de ser, luego nunca es de verdad. Desde la perspectiva de un conocimiento perfecto (y absolutamente verdadero) la apariencia, el error, no existen. ¿Pero entonces existe el conocimiento imperfecto y erróneo? ¿Existen distintas perspectivas (una perfecta y otras imperfectas)?... La respuesta del monista es idéntica: realmente, no. Desde la única perspectiva absolutamente verdadera, toda perspectiva diferente no existe, salvo como parte de la única (como verdad parcial)… ¿Entonces existe la parcialidad? ¿Cómo va a haber partes en lo único?...Parece que el monista tuviera que aceptar que la apariencia, el error, lo parcial, es y no es. Es decir: es contradictorio, que es la manera de ser de lo imposible. Pero entonces lo imposible (lo contradictorio) es…

Sí y no (remata el monista). Lo imposible no es en sí mismo nada, sólo es en cuanto participa de lo posible. Del mismo modo, la apariencia sólo es en cuanto apariencia de lo real; y lo falso en cuanto participa de la verdad (en cuento es verdaderamente falso), etc.… En conclusión: la nada (lo imposible, la apariencia, lo falso, lo parcial…) es infinitamente relativa, porque, por supuesto, no puede ser ni siquiera absolutamente nada.

¿Es esto una solución aceptable? ¿O es un truco del monista para escabullirse de esta objeción?

martes, 19 de marzo de 2013

Todos para Uno y Uno para todos. El monismo trascendentalista.


Toda realidad es forma, estructura. La pura materia como receptáculo o posibilidad de la forma (la “materia prima” aristotélica; la “energía” de los físicos) es inconcebible, pues ¿qué sería esa materia en sí, antes de recibir forma? No podría ser nada (no tendría “forma” de nada).
Si la materia en sí no es nada, la realidad no es una síntesis entre forma y materia (estructura y “relleno”, lo matemático y lo físico…), pues si la materia es nada, en nada puede contribuir a esa síntesis. Todo es forma (todo es estructura, todo es matemático…), como ya decían los pitagóricos, y algunos científicos actuales (como el que aparece en el siguiente video):


 Como se dice en el video: “(…) en el nivel más profundo de la realidad, nada es sólido, solo hay información, números adheridos a un conjunto de reglas que aún no entendemos (…). La única propiedad que tiene un electrón es un montón de números, los físicos tenemos nombres para ellos como espín o carga, pero en realidad son sólo números…”

Así que todo es forma (o fórmula). Pero esto también significa que todo lo real es codificable o traducible a información, es decir, explicable; o tal como decían algunos filósofos (pasados de moda): que “todo es racional”, que “ser y pensar son lo mismo”…Así pues, todo, además de forma, es una idea pensable.

¿Pero cuantas formas o ideas hay? Muchas, una por cada cosa o ser (pues las formas no son algo abstracto o general que luego se individualizan al materializarse –como la forma “ser humano” que al unirse a la materia daría lugar a Juan Pérez, Antonio García, etc.— ; si no hay materia, que no la hay, entonces Juan Pérez, Antonio García y todas las demás cosas individuales son también formas).

Ahora bien, si todo es forma: ¿cómo puede haber tantas formas distintas? ¿Qué las distinguiría unas de otras? ¿Otras formas? Esto no puede ser (es como si dijéramos que “todo es agua” y luego mantuviéramos que hay distintos tipos de agua: ¿Cómo distinguir o separar el agua del agua si todo es agua? ¿Con agua? Imposible).

Ahora bien, ¿son realmente muchas las formas o ideas? Observamos que las formas o ideas no constituyen un montón desordenado, sino un todo jerarquizado en el que las formas o ideas más fundamentales incluyen o comprenden a las menos fundamentales (tal como la forma o idea de “uno” incluye o comprende a la forma o idea de dos –“dos” no puede ser sin “uno”, pero “uno” sí puede ser sin “dos”—, o la forma o idea de Juan Pérez incluye a la forma o idea de su brazo o la de su primera comunión). Ahora: cuando una forma o idea incluye o comprende perfectamente a otra, esta segunda no puede ser realmente distinta de la primera. En eso consiste incluir o comprender: en unir (en descubrir como idéntico lo aparentemente distinto). Si yo, por ejemplo, comprendo perfectamente a alguien, lo hago parte de mí, lo convierto en una idea mía (o en una parte de mis ideas), lo hago lo mismo que yo. Así, desde la hipotética perspectiva de un conocimiento absoluto y perfecto solo podría haber una única forma o idea perfecta que incluyese o comprendiese a todas las demás, tan perfectamente que desapareciese la supuesta diferencia entre ellas… En conclusión: si todo es forma o idea, no puede haber (desde la perspectiva de un conocimiento perfecto) más de una forma o idea (es como decir: si todo es matemático, si llegáramos a un conocimiento matemático absoluto nos encontraríamos con una sola fórmula que incluyese o comprendiese a todas las demás –de hecho, esa única fórmula o ley final es el sueño confeso de la ciencia—).
 
Ahora: si no hay más que una forma o idea, ella no podrá ser forma o idea más que de sí misma, de manera que la idea que comprende a todas las demás es la idea de la idea, la forma de forma (el “ser que es”, diría el filósofo Parménides). Pero es que, además, esta idea estará tan absolutamente referida a sí misma, será tan transparente a su referencia, que se acabe por anular esa misma relación, y ésta se convierta en expresión de absoluta identidad. Así, la expresión de “idea de la idea” podríamos reducirla a “idea = idea” (o “forma de la forma” a “forma = forma”). Basta eliminar los miembros repetidos de la igualdad (que, por demás, representan una contradicción: lo mismo no puede estar en dos lugares a la vez) para quedarnos con la pura identidad (=). Así, para los filósofos más monistas y trascendentalistas, la realidad, el ser, es la Identidad misma, o como dicen a veces estos filósofos: lo Uno. No existe más que Uno.



¿Raro, eh? Pues a ver qué pega lógica le encontráis a esta lo(gi)ca teoría…

lunes, 18 de marzo de 2013

Uno y uno no pueden ser dos. Los problemas del dualismo.


Hay  gente muy extraña (aunque sean casi todos) que piensan que no todo puede conocerse pensando, es decir: que algunas cosas hay que verlas (o experimentarlas con los sentidos) para saber cómo son. Ya sabéis: que los ciegos (de nacimiento) no pueden saber lo que es el color azul, por mucho que tú se lo expliques (porque hay cosas, claro, que no tienen explicación, aunque, aún así, uno sepa muy bien lo que son). 
En otras palabras, hay gente que cree que hay dos formas distintas de conocer: de un lado, la razón (las ideas, las matemáticas...), y del otro, los sentidos (los experimentos, las ciencias empíricas...). Estos mismos creen, en consecuencia, que hay DOS CLASES DE REALIDAD: la que se piensa y la que se ve, la que se concibe con fórmulas y la que se experimenta con los sentidos, la FORMA o estructura de las cosas (esa que es fija en el tiempo, incorpórea e indivisible), y la MATERIA de las cosas (esa que cambia en el tiempo y que ocupa espacio). A los que creen esto se les llama DUALISTAS. 
Naturalmente, hay dos tipos de dualismo. Aquél que considera que lo más fundamentalmente real es la forma o estructura de las cosas (pero que éstas no son plenamente reales sin ese “relleno” inexplicable -solo visible- que es la materia). Y aquél otro que afirma que lo más real es la materia (pero que esta no puede ser nada, ni se la puede conocer, sin una estructura que le de forma –una forma que emerge inexplicablemente de la materia--). Pero en ambos casos, el dualismo (sea "inmanentista" o "trascendentalista") presenta los mismos problemas:

  1. ¿Cómo puede haber dos realidades diferentes? La diferencia entre ellas no podría ser real (pues entonces no podría diferenciarlas, igual que algo rojo no puede diferenciar dos tonos de rojo diferentes). El mismo dualista se contradice, sin querer, cuando dice que, en realidad (es decir en la única realidad que cabe concebir) hay dos realidades... Dicho más abstractamente: el dos es imposible, pues uno y uno son la misma cosa (y no dos).
  2. Suponiendo que hubiera dos realidades distintas, ¿cómo podrían relacionarse entre sí? ¿Cómo lo que es temporal y corpóreo (lo material) puede relacionarse con lo que no cambia en el tiempo ni ocupa espacio (lo formal)? ¿Qué diablos tienen que ver un tío haciendo footing con las leyes del movimiento? ¿Qué tienen en común una explosión atómica y una ecuación? Diríase que nada. Pero, entonces, ¿cómo pueden relacionarse realidades que no tienen nada en común?
  3.  Los problemas no son menos si el conocimiento tiene (como afirma el dualista) dos vías irreducibles la una a la otra (la experiencia y el razonamiento), pues ¿cómo reconocemos esa distinción -con la experiencia o con la razón-? ¿Y cómo es que las dos vías proporcionan igualmente conocimiento siendo tan distintas? ¿Pueden, de hecho, separarse (por ejemplo: podemos experimentar con los sentidos algo de lo que no tengamos, previamente, la idea en el pensamiento)?
  4. Todo dualismo ha de suponer que la realidad es, en parte (la parte de la materia), inexplicable por la razón (a lo sumo es experimentable por los sentidos). Es decir, que parte de la realidad no podemos reducirla a idea o concepto (tan solo a “visión” intraducible a un ciego). Esto significa múltiples problemas: si la realidad es en parte racional y en parte no, ¿qué de racional -o de irracional- tiene esa distinción? Si la distinción es racional, todo es racional (si comprendemos qué es lo supuestamente incomprensible, nada hay realmente incomprensible). Si no es racional la distinción, nada es racional. Así que, no es posible que  la realidad sea en parte racional y en parte no.
  5. Podemos decir lo anterior de otro modo: en la medida en que el dualista admite comprender que hay dos realidades, lo comprende con una misma lógica (con una misma mente, la suya). Luego, lógicamente, no hay diferencia ninguna entre estas dos realidades (todas sus diferencias, si las hubiera, serían ilógicas, o a-lógicas). 
AHORA: ¿ES POSIBLE SEGUIR SIENDO DUALISTA? ¿QUÉ NOS QUEDA ENTONCES? ¿TIENE SOLUCIÓN EL PROBLEMA DE LA REALIDAD...?