sábado, 14 de febrero de 2015

El significado del carnaval


La función y el significado de las fiestas es un tema apasionante, y ha sido tratado por historiadores, antropólogos, sociólogos y filósofos. El sentido de una celebración es siempre múltiple y complejo, como le ocurre a cualquier manifestación cultural. Pero me voy a ceñir a uno de esos sentidos, que tiene especial relación con lo político: la fiesta como una institución generadora de orden y conformidad. Veamos.

Las leyes políticas, y el orden social que instituyen, no sirven de nada si la gente no las obedece, esto es, si carecen de poder. El poder, en general, es la capacidad para generar conformidad. Una ley o institución política es poderosa si la gente se conforma con ella y la obedece.

El poder u obediencia a la ley parece que se genera de dos formas: por coacción externa, sea “positiva” (mediante premios o sobornos), o “negativa” (mediante castigos y amenazas), y por convicción interna. Prácticamente, ningún régimen político se mantiene únicamente por coacción (siempre hay gente que no se deja someter por la fuerza o el soborno, y los que lo hacen, lo hacen solo externamente). El método más eficaz es la convicción, por el que las personas se someten voluntariamente a las leyes y aceptan el orden que estas establecen, en cuanto las perciben como legítimas o justas.

Ahora bien, ¿cómo lograr convencer a la gente de que las leyes que han de obedecer son legítimas? También aquí hay varias maneras. Una, tal vez ideal, podría ser el diálogo argumentativo (supuesta una educación racional previa), pero este medio es raro, y cuando se da en la práctica, en la medida en que se dé, nunca va solo, sino acompañado de otro, aparentemente más efectivo, que podemos llamar, el de la “seducción” emocional. Es aquí donde cabe situar esa función generadora de orden que atribuimos a la fiesta.

En todas las culturas existe un sinfín de sinfín de ritos y ceremonias colectivas, también llamadas “fiestas”, una de cuyas funciones es justificar, de modo fundamentalmente emotivo e inconsciente, el orden social y político establecido. Tal como han mostrado autores como Georges Balandier, las fiestas legitiman el orden de dos modos: directamente (escenificando el orden vigente), e inversamente (a través de la celebración del desorden). Habría así, desde este punto de vista, dos tipos básicos de fiesta: las que conmemoran la institución de la ley y el orden; y las llamadas “fiestas de inversión” (como el carnaval) en la que se celebra, de modo ritual, la ruptura con la ley y el orden (para regenerar, de modo sumamente “astuto”, el orden que se subvierte). Profundicemos en estos dos tipos de fiesta.

Las "fiestas de institución del orden" son muy variadas. En unos casos se celebra el orden de modo positivo. Por ejemplo, en las fiestas de entronización (se celebra la llegada al trono del rey o gobernante), las conmemoraciones patrias (el día del patrón, la fiesta nacional, el día de la victoria), los desfiles militares, las celebraciones religiosas (las romerías, la semana santa), el homenaje a los héroes de la patria, los días en que se celebran ciertos valores (el día internacional de los derechos humanos, el día del trabajo...), o incluso ciertos acontecimientos deportivos masivos. En otros casos también se celebra el orden, pero, cabe decir, en "negativo". Por ejemplo, en las ejecuciones públicas (antaño eran días de fiesta), o en ciertas celebraciones en las que se escenifica el castigo al “enemigo” común o "chivo expiatorio" (el hereje, el traidor, el criminal...). Es común, por ejemplo, en estas fiestas, que se pasee por las calles a la figura que representa al “villano”, para que sea objeto de burla y castigo por todo el pueblo.
En cualquier caso, algo común a todas estas fiestas es el especial tono estético con el que se busca dotar de eficacia (de poder de "convicción") a la conmemoración festiva, que tiene siempre un formato teatral (ritual, simbólico) rígidamente preestablecido (en estas fiestas no hay sorpresas, todo está previsto). En todas ellas se escenifican la jerarquía social (el desfile es un buen ejemplo de esto), los valores comunes (que son sacralizados, y de los que nadie osa burlarse), los modelos morales (los héroes, santos, dioses y sus hazañas), la majestad de los poderosos, la identidad y cohesión del grupo, así como su origen mítico y trascendente (casi siempre a través de un relato en el que el Orden vence al caos enemigo). Por supuesto, también se escenifica, con la misma eficacia teatral y estética, el castigo de todo aquel que osa “salirse” del orden y atentar contra él. Lo importante es que todas estas celebraciones dan una impronta “sagrada”: estética, emotiva, misteriosamente seductora, a la estructura social, al orden y a la ley, lo cual ejerce un poder de convicción casi irresistible.
¿Cómo desobedecer al policía que desfila en traje de gala, al son de un música solemne, y entre los vítores de todos, junto a una figuración teatral del dios llevado en andas por unos compungidos penitentes?...

Ahora bien. Estas fiestas (de institución del orden) no bastan para generar toda la conformidad que se precisa para que la sociedad (la ley) funcione. Todo orden social se “monta” sobre la represión o inhibición de fuerzas muy poderosas, y que están siempre latentes en los individuos. No son solo las pulsiones sexuales, o el uso libre de la violencia (los dos “impulsos” que primariamente se “civilizan” y reprimen en toda institución social, al decir de algunos antropólogos), sino algo socialmente más peligroso aún: la tentación de la duda, la crítica, la polisemia, la acción alternativa, el cuestionamiento no ya solo del orden social vigente, sino de cualquier otro orden posible. 
William-Adolphe Bouguereau. The Youth of Bacchus. (1884)
Estas poderosas fuerzas no se pueden someter fácilmente; hay que "darles salida", y esto podría ser la función del carnaval y del resto de “fiestas de inversión”. Son muchas: las saceas babilónicas, las crónicas griegas, las saturnales romanas, las  misas de locos medievales, las fiestas de esclavos antillanos, o todas las formas conocidas del carnaval -aunque en algunos casos este esté ya tan ritualizado que cueste trabajo reconocer en él su primitiva función—. En todas estas fiestas se escenifica justo lo contrario a lo que se celebra en el resto de las fiestas. En lugar de entronizar a un rey majestuoso, se hace desfilar a un bufón o a un grotesco “rey de burlas”. En lugar del héroe se celebra a un truhan pícaro y subversivo. En vez del orden tradicional, se inaugura un orden inverso: el mendigo es el rey, el burro hace de obispo, el varón se disfraza de mujer, y cada uno de su opuesto. La música majestuosa y emotiva de la celebración institucional se torna en ritmo desenfrenado, en baile improvisado, sin más coreografía que la natural del espasmo sexual. En lugar del discurso o el relato mítico del orden vigente, se abre paso la burla, la parodia, la crítica descarnada de todo, la risa sin censura (todo se vuelve cuestionable, risible). Los himnos se trastocan en canciones burlescas, los símbolos se invierten y desacralizan. Se busca la sorpresa, la aventura, en la bacanal y en la ingesta de sustancias enervantes. 
En los verdaderos carnavales, la policía, y todo asomo de orden, desaparecen de las calles. La violencia aflora, con la misma naturalidad que el sexo... El objetivo parece claro. Permitir, por unos días, que la fiesta conduzca al desorden más absoluto y, por tanto, a la convicción de la necesidad del orden que, tras los días del carnaval, vuelve triunfante (mediante una nueva escenificación teatral) a renovar su poder sobre el caos. En esta especie de mecanismo “metabólico” del poder, la inversión simbólica del orden ha de llegar a representarse en su grado más extremo, el de lo grotesco; solo así el poder se asegura una nueva y mayor demanda de orden y un renacimiento, temporalmente purificado, del deseo de conformidad. El mensaje del poder está claro: o el caos, o Yo.


Para más información sobre esta teoría de la función política de la fiesta puedes pulsar  aquí.







jueves, 5 de febrero de 2015

El saber común. La formación de la opinión pública.

Las personas mantenemos a menudo afirmaciones que no están justificadas (ni en muchos casos son justificables) racionalmente, pero que parecen convincentes. A estas afirmaciones se les llama “opiniones” (y, a veces, “prejuicios”). Al conjunto de las opiniones y prejuicios vigentes en un grupo social se le llama “saber común”. Ejemplos de prejuicios son ideas tales como “el mal con mal se paga”, “España para los españoles”, “todos los hombres son iguales”, “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, etc., etc. (si os buscáis un refranero hallaréis una completa lista de opiniones y prejuicios comunes). Estas ideas nos parecen convincentes bien por experiencia propia (una experiencia informal y privada, no científica), bien por generar una fuerte inclinación emotiva a su favor (porque favorezcan nuestros intereses, porque confirmen ideas en las que creemos ingenuamente, etc.), o bien por simple fe en la autoridad de ciertas personas que consideramos sabias, o en lo que “siempre se ha dicho”, es decir, en la tradición. Hoy en día, a la tradición se le han unido otras fuentes de opiniones y prejuicios, como la ciencia (o más bien, la vulgarización de la ciencia) o los medios de comunicación (la televisión, internet, etc). Así, cientos de opiniones pasan hoy por verdades racionales bajo la capa de “científicas” o por efecto de la “demagógica seducción” que pueden ejercer los medios de comunicación.

El poder de los medios de comunicación es hoy enorme. Constantemente y por todas partes producen y transmiten una ingente cantidad de “datos” y de opiniones verosímiles sobre dichos datos. A veces, en esa producción y transmisión de datos y opiniones lo que más importa no es la verdad o racionalidad de lo que se transmite, sino lograr el favor del público, pues éste es, al fin, el que ha de comprar los productos (comerciales, políticos, ideológicos) que venden los medios. Hay que añadir que una de las formas con que los medios logran que determinados datos u opiniones parezcan veraces es calificarlas de “científicos” o hacer como que lo son (como cuando se publicitan productos con lenguaje científico, que nadie entiende, pero al que todo el mundo asocia prestigio, calidad, etc.).


Un caso interesante, a este respecto, es el de los documentales falsos. Algunos creadores audiovisuales han producido documentales para TV intencionadamente falsos (uno de ellos informaba, por ejemplo, de que la llegada del hombre a la luna en 1969 había sido un montaje cinematográfico), para así demostrar que la audiencia cree como verdadera cualquier cosa que le digan siempre que se mantenga el convincente formato del documental científico



En otras ocasiones, el saber común o vulgar, se compone también de falacias o sofismas, que son afirmaciones que deben su verosimilitud a los pseudoargumentos en los que se apoyan. Sobre las falacias, que pueden ser de muchos tipos, discutiremos en la próxima entrada.






¿Piensas que la gente suele creerse todo lo que sale en la TV? Razona tu respuesta... ¿Serías capaz de idear un documental falso? ¿De qué trataría y cómo sería?... ¿Qué significa decir que algo esta “científicamente demostrado”.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Discotecas "divinas" y laboratorios mundanos. ¿Qué separa a la religión de la ciencia?


Oscuridad y luces parpadeantes, música (un "chill out" a base de órgano y voz), un olor muy especial (a incienso, claro), palabras misteriosas y poéticas (no en inglés, pero a veces en latín) que se repiten, rítmicamente, como un mantra, como un rezo... A veces (en algunas "discotecas" sagradas) un animador o varios que bailan frenéticamente, como posesos... ¿Es para entrar en trance o no?...



Los ritos religiosos parecen tener como finalidad excitar las emociones (entusiasmo, temor...), generar sensaciones impactantes (incluso visiones y fenómenos por el estilo), y, desde luego, fortalecer la fe (ese modo de creernos algo por ciega voluntad). El objetivo del ritual parece ser el de "purificar" a los fieles de su entendimiento racional, liberarlos de su razón. Porque a veces la razón (el pecado de querer saber por nuestra cuenta y riesgo) es lo que separa al hombre del Creador. Una vez purificado, el creyente está preparado para recibir a Dios y a su Verdad revelada a través de la fe, la emoción, la visión...


Cambiemos de escenario: luz abundante y clara, silencio, un olor a desinfectante, palabras para nada poéticas entre un grupo de personas que discute y consulta sus ordenadores... No es una iglesia, es un laboratorio o aula. Los científicos intentan ser objetivos en su trabajo, de lo que han de "purificarse" no es de su razón, sino justo lo contrario: de la mera fe o creencia ciega, de las emociones particulares de cada uno, de sus subjetivas visiones del mundo... El objetivo no es recibir la Verdad revelada por Dios, sino descubrir la verdad desvelándola mediante la razón...




¿Tienes claras las diferencias entre religión y ciencia (entre saber irracional o racional)? Responde, si puedes, a estas preguntas:
1. ¿En qué crees que pueden parecerse la religión y la ciencia?
2. Ambas buscan la verdad, pero no del mismo modo. ¿De qué dos modos distintos buscan la verdad la religión y la ciencia? ¿Alguno de ellos te parece más apropiado? ¿Por qué?
3. Hay científicos que son, a la vez, creyentes religiosos. ¿Cómo explicas esto?



viernes, 30 de enero de 2015

Racionalismo y empirismo. ¿Veo según lo que pienso? ¿O pienso según lo que veo?

Hay dos grandes teorías filosóficas sobre el conocimiento: el racionalismo y el empirismo. 

El racionalismo afirma que el conocimiento proviene fundamentalmente de la razón, es decir, de la lógica, y es previo e independiente (“a prori”) de la experiencia. Según el racionalista, la verdad la descubrimos a través de la mente, pensando de manera lógica (la verdad es lo que nos parece lógicamente evidente, o lo que deducimos de otras verdades lógicas). El "lema" del racionalista podría ser: "si no es lógico, no lo creo". Lo "bueno" de las verdades lógicas es que son necesariamente verdaderas (son verdad siempre); lo "malo", según algunos, es que no sirve para conocer el mundo que vemos (solo conoce mundos ideales, como el de las matemáticas). Para más detalles sobre el racionalismo, pulsa aquí. 




El empirismo afirma que el conocimiento proviene fundamentalmente de la experiencia de los sentidos (es “a posteriori”). Según el empirista, la verdad la descubrimos observando el mundo en el que vivimos (la verdad son los datos que obtenemos a partir de observaciones y experimentos y lo que inducimos a partir de tales datos). El "lema" del empirista podría ser: "si no lo veo, no lo creo".
Lo "bueno" de las verdades empíricas es que parecen servir para conocer el mundo en que vivimos; lo "malo" es que solo son verdades contingentes o probables (pueden no ser verdad en cualquier momento). Para más información sobre el empirismo, pulsa aquí.


No hace falta añadir que los saberes puramente racionales mantienen (explicita o implícitamente) una teoría racionalista sobre el conocimiento, y que los saberes empírico-racionales suponen, en cambio, una teoría empirista del conocimiento. 


El debate entre racionalismo y empirismo es uno de los más importantes en la filosofía. Se puede plantear de forma sencilla, preguntándonos que es más fundamental para saber lo que son las cosas: PENSAR o VER. 

¿Veo según lo que pienso? ¿O pienso según lo que veo?... 
¿Puedo ver sin pensar lo que veo? ¿Puedo pensar sin ver lo que pienso?...
¿Una palabra vale más que mil imágenes? ¿O una imagen vale más que mil palabras?...

A veces, los racionalistas afirman que todas nuestras ideas son innatas, y que las cosas que vemos solos sirven, a lo sumo, para recordarlas. Los empiristas, en cambio, suelen afirmar que venimos al mundo con la mente vacía y que es después de ver las cosas como empiezo a tener ideas... 

¿Qué piensas tú? ¿Cómo lo ves?... 

Imagina este caso. Supón a un ciego de nacimiento, experto en física matemática, que hubiese descubierto una teoría sobre la luz y los colores prácticamente perfecta. ¿Sabría ese ciego, mejor que una persona vidente cualquiera, lo que es el color azul?....






jueves, 29 de enero de 2015

¿Qué serías capaz de hacer en un concurso de TV? Una réplica moderna del experimento de S. Milgram.

¿Somos capaces de hacer cualquier cosa si nos lo ordena alguien con autoridad? Aquí podéis ver un escalofriante experimento, en vivo, para intentar verificar esa hipótesis. Es interesante que os deis cuenta de cómo se diseñó (para que tuviera validez científica). Además, se hizo a partir de otro, mucho más antiguo, diseñado por el psicólogo S. Milgram durante los años 60. ¿Serías capaz de diseñar tú otro, distinto al del documental, para probar la misma hipótesis?

miércoles, 28 de enero de 2015

¿Puede un ciego de nacimiento saber lo que es el color azul? Empirismo vs. Racionalismo.


Los micrófonos ocultos de la Caverna captaron hace poco esta conversación entre un Empirista (E) y un Racionalista (R). A ver que os parece.

E: ¡Los datos, los hechos, el experimento bien hecho! Gracias a todo eso el conocimiento ha avanzado a pasos de gigante desde la revolución científica del XVII hasta nuestros días.
R: Es decir, que las ideas verdaderas son las que se corresponden con los datos, vamos, con lo que vemos.
E: Básicamente sí. En la ciencia también se razona y se deduce, pero la piedra de toque para verificar una teoría científica es que sus predicciones se correspondan con los datos observables. Es decir, que el astrónomo (por dar un ejemplo) diga que tal cometa va a pasar por el cielo tal día a tal hora y… ¡pase!
R: ¿Y cómo estás tan seguro de que esta concepción empirista de la verdad es la verdadera?
E: No te entiendo.
R: Sí. Tú dices que lo verdadero es lo que coincide con lo que ves. ¿Pero cómo sabes que esto mismo es cierto? ¿Por qué crees que sólo es creíble lo que ves? ¿Ves también eso? ¿Se ha demostrado con algún experimento que los experimentos son la forma adecuada de averiguar la verdad?
E: No es necesario. Tú, como yo, aceptamos que la verdad es la correspondencia de nuestros pensamientos con la realidad. Y la realidad es este mundo que vemos. ¡Es de sentido común!
R: Bueno, eso que tú llamas de sentido común yo lo considero, más bien, una teoría sobre la realidad. Y no hay que aceptarla sin más. Pero dejemos ahora eso. ¿Qué ocurre con las verdades matemáticas o lógicas, como que dos más dos son cuatro? ¿También estas verdades dependen de la experiencia, de lo que vemos o experimentamos?
E: Este es un asunto complejo. Pero yo diría que sí. Los conceptos matemáticos son una generalización a partir de nuestra experiencia con las cosas físicas. Percibimos cosas distintas pero a la vez similares (por ejemplo, distintos árboles o pájaros), y de ahí obtenemos el concepto de cantidad o número: dos árboles, tres pájaros… Y con la geometría igual: dicen los historiadores que nació en Egipto y Babilonia, por la necesidad que tenían allí de medir con exactitud las parcelas agrícolas… Todo conocimiento es "a posteriori", posterior a la experiencia.
R: No sé qué pensar. Todas las verdades que surgen de la experiencia son probables.
E: ¿Cómo probables?
R: Sí. Dependen de lo que observamos en el mundo físico, ¿no? Pero el mundo físico es cambiante, por lo que ninguna verdad será para siempre verdadera. Sólo podremos decir que, de momento, las cosas ocurren así, pero: ¿Y mañana?...
E: Cierto. Todas las verdades son probables.
R: Incluso la verdad de que toda verdad es probable debería ser, según tú, probable, y también ésta última, y ésta, y… ¿Hasta que el conocimiento sea absolutamente improbable?...
E: Eso me parece una exageración o, peor aún, una idea sin fundamento empírico.
R: Tal vez. ¿Pero de veras crees que las verdades matemáticas son sólo probables? ¿Sería posible concebir o imaginar un mundo en que dos más dos fueran cinco?... Por otra parte, dices que aprendemos los números a partir de la experiencia de ver cosas distintas y a la vez similares. Dejando el tema de cómo algo puede ser distinto y a la vez similar, ¿no te parece que para ver cosas, dos o tres o las que sean, hace falta ya conocer de alguna manera los números?
E: ¿De qué manera? ¿Insinúas que los bebés vienen al mundo sabiendo ya aritmética? Eso me parece ridículo. Nacemos sin saber nada, y menos aún matemáticas. ¡Con lo difíciles que son!
R: Eso también me resulta difícil de creer. Si los bebes nacieran sin ninguna capacidad lógica, ¿podrían aprender algo? ¿Podrían entender la más mínima instrucción que se les diera? ¿Podríamos aprender algo a partir de cero?

E: Creo que tienes razón. Pero eso no obliga a asumir que sepamos matemáticas al nacer, ni que vengamos con “ideas innatas” al mundo. Simplemente, el cerebro humano cuenta con ciertos mecanismos con los que procesar la información desde que empieza a recibirla.
R: ¿Es entonces la lógica una especie de mecanismo cerebral?
E: Bueno, todavía se sabe muy poco sobre el cerebro. Pero tal vez. Digamos que el cerebro funciona de cierta forma, y a que a eso luego le llamamos "lógica".
R: Que funciona de cierta forma quiere decir que funciona según la lógica (llamésmole como la llamemos). ¡Pero me cuesta trabajo creer que las leyes lógicas estén ahí, entre las neuronas, obligándolas a comportarse de cierta forma!
E: Eso es una caricatura, me temo. Hace falta estar muy puesto en psiconeurología para discutir de esto.
R: Vale. Pasemos a otro tema. Si la verdad depende de lo que veo, la verdad sólo será mi verdad. Pues mis visiones o experiencias sensoriales son personales e intransferibles. El conocimiento empírico sería así, además de probable, muy subjetivo. ¿No crees?
E: No, no creo. Una observación empírica no es lo que ve un sujeto cualquiera, sino lo que ve un grupo de expertos, que se aseguran de estar viendo lo mismo.
R: ¿Y cómo se aseguran de eso? ¿Puedo yo meterme en tu mente para saber que estas viendo lo mismo que yo?
E: No, claro. Basta con que describamos todos con exactitud lo que vemos.
R: O sea, que al final la verdad no es la correspondencia con lo que se ve, sino con lo que interpreta un grupo de expertos que se ve.
E: Claro.
R: ¿Pero cómo sabremos si su interpretación es correcta?
E: Porque son expertos en su ciencia. Saben mucho.
R: Pero yo creía que decías que el saber depende del ver. Y ahora me dices que el ver depende del saber. Esto del empirismo no es nada fácil.
E: Saber y ver dependen uno del otro.
R: Ya. ¿Pero son igual de importantes? ¿Se puede ver sin saber? ¿Podríamos ver algo de lo que no tuviéramos ni idea?...
E: Habría que pensarlo. Seguramente no.
R: Sí, mejor pensarlo que verlo. Yo creo que es imposible ver algo de lo que no tengamos ideas previas.
E: ¿Volvemos a las ideas innatas y los bebes sabios?
R:… Y por otra parte, creo que se pueden saber muchas cosas sin verlas, y ni tan siquiera imaginarlas, como las ideas matemáticas. Es más, estaría dispuesto a plantear que incluso un ciego de nacimiento podría saber perfectamente lo que es el color azul…
E: ¡Imposible! Por mucha física de los colores que supiera, no se puede saber del todo lo que es el azul si uno carece de vista.
R: ¿Quieres decir que hay cosas que no se pueden entender sin verlas?
E: Pues sí.
R: ¿Y que, por tanto, entender y ver son cosas distintas o, si quieres, partes distintas del conocimiento?
E: Sí.
R: Entonces ver no es entender, o, si quieres, ver es una forma de conocer que no tiene que ver con la inteligencia y las ideas.
E: Así es.
R: ¿Y no te parece que esto desdice lo que decíamos antes: que no se puede ver nada si no es a partir de ciertas ideas e interpretaciones?

1. Resume los principales argumentos de E contra R.
2. Resume los principales argumentos de R contra E.
3. ¿Qué opináis vosotros: sabemos según lo que vemos, o vemos según lo que sabemos?
4. ¿Podría un ciego de nacimiento, que contara con una teoría perfecta acerca de los colores, saber igual o mejor que nosotros lo que es el color azul?

miércoles, 21 de enero de 2015

Teodoro y Elena hablan sobre la existencia de Dios.



La otra noche realizamos un experimento psicofónico en la caverna, en la parte que está bajo las ruinas de la biblioteca de Alejandría. Para nuestra sorpresa captamos este diálogo entre una tal Elena de Atenas, astrónoma y discípula de la famosa Hipatia, y un joven monje llamado Teodoro. La conversación ocurrió (según hemos podido datar) a finales de la Edad media y, como era habitual entonces, versó sobre la existencia de Dios... 
  
Elena de Atenas.- Contemplando estos muros, arruinados por la guerra y la locura de los hombres, me convenzo aún más de la inexistencia de Dios…
Teodoro de Alejandría.- El mundo parece a veces el infierno, pero Dios nos dotó de razón y de fe para salvarlo y salvarnos de él.
E.- ¿Me llevarás ante el inquisidor si te digo que soy atea? Si lo haces le diré que no sé lo que me digo, ya que soy mujer y según he oído decir a los de tu orden, débil mental.
T.- Yo no creo tamaña estupidez sobre las mujeres, así que tendría que llevarme a mi mismo también ante el inquisidor. Pero en lugar de eso, permite que comparezcamos los dos ante un tribunal legítimo, el de la razón. ¿Dices, entonces,  que Dios no existe?
E.- Eso digo. O, al menos, que yo no tengo pruebas de su existencia.
T.- Admites, conmigo, que llamamos Dios a un supuesto ser mayor que el cual no hay nada.
E.- Vale, admito que esa es la definición de Dios, pero no por definir algo demostramos su existencia.
T.- De acuerdo. Podemos definir lo que es un dragón o una bruja sin que tales cosas tengan que existir (salvo, quizás, para los inquisidores). Pero piensa como hemos definido a Dios: el ser mayor y más perfecto que podamos concebir. Ahora: ¿crees que existir es una perfección?
E.- No sé si te entiendo.
T.- Imagina dos bibliotecas de Alejandría, las dos igualmente hermosas y repletas de todos los libros que merecen ser leídos; imagina que la única diferencia entre ambas es que una existe de verdad y la otra es solo fruto de nuestra fantasía. ¿Cuál de ellas sería, para ti, más perfecta?
E.- Prefiero una biblioteca que exista, siempre que sea tan maravillosa como la que imagino.
T.- Así es. De dos seres, iguales en todo lo demás, el que existe es necesariamente más perfecto que el que no.
E.- Cierto.
T.- Ahora piensa. Si hemos definido a Dios como el ser más perfecto que cabe concebir o imaginar, ¿no tendrá que ser algo más que mero concepto o imaginación?
E.- ¿Cómo dices?
T.- Si Dios es el ser más perfecto que podamos concebir, y existir es una perfección, Dios no puede carecer de existencia, pues en ese caso podríamos concebir un ser más perfecto que él…
E.- Quieres decir que…
T.- Que si Dios es por definición lo más perfecto, entonces, por definición, tiene que existir.
E.- Porque si careciera de existencia ya no podríamos concebirlo como el ser más perfecto.
T.- Eso es. Dios, por definición, es algo más que una definición: ¡existe! Y hemos demostrado su existencia de forma puramente racional, tal como se demuestran las propiedades de una figura geométrica. Este argumento se lo debemos a Anselmo de Canterbury.
E.- ¡Asombroso! ¿Y eso se lo cree alguien?
T.- ¿Qué quieres decir?
E.- Pues que has dado un salto incomprensible entre las palabras y las cosas. Una cosa es que Dios tenga que definirse lógicamente como existente y otra cosa, muy distinta, es que Dios exista de verdad. Las definiciones y razonamientos no producen cosas, ni tampoco hemos de suponer que algo, por ser lógico, exista. Esto último hay que comprobarlo, además, por los sentidos.
T.- Veo que estás hecha una buena empirista y que, como tal, admites una incomprensible distinción entre las palabras (esas cosas que no son cosas) y las cosas (esas palabras que no son palabras).
E.-  Llámalo sentido común. Además. Supongamos que concebimos el dragón perfecto, ¿también dirás que existe?
T.- Sin duda. ¿No has leído, acaso, al divino Platón?
E.- Prefiero al profano Aristóteles.
T.- Estupendo, entonces déjame que te presente otras pruebas, las del hermano Tomás de Aquino.
E.- Me han hablado de sus inacabables sumas, así que, réstale todo lo que puedas y sé breve, tengo que volver a mis estudios.
T.- ¿Dirás que todo lo que se mueve, se mueve por algo, y que este algo es movido a su vez por otra cosa y así sucesivamente?
E.- Lo diré.
T.- ¿Y que todo lo que existe tiene en otro la causa de su existir, como el hijo existe por el padre y éste por su propio padre y así una y otra vez?
E.- También.
T.- ¿Y crees que esta sucesión de causas podría prolongarse hasta el infinito?
E.- ¿Qué pasaría si así fuera?
T.- Exactamente nada. Si las causas de lo que ocurre o existe fueran infinitas, nunca llegaría a ocurrir ni a existir nada. ¿Te imaginas que las causas por las que hemos empezado este diálogo se remontasen al infinito? Jamás habrían transcurrido todas las que tendrían que transcurrir hasta llegar a este momento. Ni siquiera habrían empezado a empezar, ¿pues cuándo empieza algo infinito?
E.- Entiendo. Entonces es necesario afirmar que existe una Primera Causa incausada, como ya decía Aristóteles.
T.- Así es: un Ser Existente por sí, y no por otro, Padre sin padre de todo otro padre. Y esto ya no lo pudo decir Aristóteles, que ni le pasó por la cabeza que el mundo fuera creación de un Dios increado.
E.- “Yo soy el que soy”, como dicen que dijo tu Dios.
T.- Él es el Ser, los demás solo tenemos ser por Él, en préstamo cabe decir, y durante un tiempo, al menos en este mundo mortal.
E.- E imperfecto.
T.- Imperfecto, sí. ¿Pero cómo podríamos apreciar esa imperfección sin suponer lo Sumamente Perfecto? Si tú aprecias más la filosofía del sabio Averroes que la del santo Agustín, ¿será acaso porque posees un criterio de perfección?
E.- Y si mi criterio es más perfecto que el tuyo, como creo, será porque supongo un criterio de perfección aún mayor y… de nuevo el infinito.
T.- De nuevo Dios, querrás decir, que es aquello más perfecto que todo, como dijimos. De cualquier modo, ¿te parece el mundo tan imperfecto? ¿No es cierto que las tierras y los cielos persiguen el orden que dejó dispuesto el Creador?
E.- ¿Te refieres a las leyes astronómicas que me place descubrir en los cielos?
T.- Y también en la tierra. ¿No es el cosmos entero un prodigio de orden y fines para el que sabe entenderlo?
E.- No puedo negarte que tengo esa convicción. ¿O tendría que decir esa fe?
T.- Ambas cosas, tal vez. Pues el orden, la ley y la finalidad del cosmos, como espero oírte decir, no pueden formar parte de aquello mismo a lo que dan orden, ley o fin.
E.- Eso sí lo he pensado en ocasiones. Las leyes matemáticas que dirigen el movimiento de los astros, no están en un lugar concreto…
T.- Justamente porque están en todos, envolviendo el cielo, más allá de él. Ni tampoco la Finalidad del mundo puede ser una cosa o parte cualquiera del propio mundo.
E.- Veo qué quieres decir. Que son trascendentes. Pero no esperes que por ello afirme que en ese misterioso más allá existe un Dios como el tuyo.
T.- ¿Qué falta para que te convenza?
E.- Falta que me expliques qué falta le hace a Dios todo el dolor del mundo. ¿Cómo un Dios Perfectísimo, Sapientísimo, Omnipotente y Bueno creó este lugar lleno de inquisidores y fanáticos? ¿Cómo permite la muerte y la guerra, hecha tan a menudo en su nombre?
T.- A veces, hermana, hace falta conocer el árbol entero para entender por qué algunas de sus hojas se pudren y mueren. ¿Crees, de cualquier modo, que Dios hubiera podido crear un mundo tan perfecto como Él?
E.- Sé que no, pues es imposible que coexistan dos seres plenamente perfectos. Cada uno carecería del ser del otro.
T.- Piensa, además, que Dios, por hacernos a Él semejantes, nos hizo libres. Libres para ser como Él, pero también para no serlo. En eso consiste la libre voluntad, la salvación y el pecado.
E.- ¿Y que defecto de omnipotencia impidió al Altísimo hacernos tan sabios como libres, para así no equivocarnos y hacer siempre el bien? ¿No le hubiera bastado un grano minúsculo de imperfección (una sola nariz contrahecha, un solo libro mal encuadernado) para que este mundo hubiera sido posible sin hacerle sombra a su Creador?
T.- Tal vez sí o tal vez no. Te confieso, humildemente, que ante el misterio del mal solo sé rezar. Quizás quieras acompañarme.
E.- Prefiero enfrentar la oscuridad con los ojos bien abiertos.


Si queréis más argumentos o los mismos pero mejor dichos consultad este documento secreto.